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Serie: Tiro de Gracia
Capítulo: "Presentimientos"
Por Lázaro David Najarro Pujol
Es media noche. La tropa espera la orden para montar en los camiones.
Cobiellita esta tirado en el suelo, no puede resistir más. Había
caminado desde San Miguel del Junco hasta Pino 4 por unos pantanales
enormes. Me echo encima al muchacho y lo llevo hasta el camión. Se
comenta el peligro de ir en los camiones por la posibilidad de caer en
una emboscada. Dejo a Cobiellita encima de la cama del camión y me dice:
—Bueno, chico, ante la alternativa de caer en una emboscada, yo
prefiero continuar en carro y no a pie, porque ya no puedo caminar. A
mí, si me matan ahora voy a morir contento. Yo no doy más, pero tampoco
me voy a quedar.
La gente del Movimiento 26 de Julio advierte una vez más a Jaime Vega
(1).
—Capitán, nosotros hoy comprobamos que hay tropas enemigas
emboscadas. Salir en ese rumbo que usted propone es muy peligroso. Debe
sacar a la tropa de campo de caña en campo de caña y de monte en monte.
No debe salir en carros.
Botello y Jaime discuten. El práctico le dice una vez más al Jefe de
la tropa:
—Mire capitán, ¿usted ve allá, en la penumbra aquella? Pues bien,
allá están las lomas de Najasa. Yo les garantizo llevarlos hasta las
lomas. Ahí podemos estar el tiempo que haga falta o hasta que el
ejército levante las emboscadas.
—No, qué va. Eso es mucha pérdida de tiempo. Yo tengo que llegar a
Ciego. Voy a tomar el cuartel de Ciego de Ávila y a celebrar mi
cumpleaños en una dulcería que está frente a mi farmacia. No podemos
estar perdiendo el tiempo.
—“No siempre el camino más corto es el más rápido.”
—¿Qué? —pregunta Jaime, mirando sin mirar.
—No, nada, es un refrán de la sabiduría popular —dice uno de los
mensajeros.
Hasta ese instante yo me desempeñaba como chofer de Jaime. Me abstuve
a dar opiniones. En medio de aquella discrepancia reflexiono: “Jaime es
un hombre valiente, que peleó en la guerra de Corea —aunque del lado de
los americanos— pero es muy caprichoso y piensa que se las sabe todas.
Está en un error. Tiene una personalidad muy contradictoria. Nos va a
embarcar a todos”. Entonces le digo a Botello:
—Mire, Pepe, yo no le voy a manejar más a Jaime. Búsquese a otro. Yo
me voy para mi camión con mi tío y mi primo.
—No René, pierda cuidado. No va a pasar nada.
—De todas formas, yo me voy con mi gente.
Pepe recoge las llaves y se las echa en el bolsillo del pantalón.
Unos minutos después de entregarle las llaves al capitán, los dos
oficiales discuten acalorados.
—Ven acá, Pepe. ¿Tú no estarás apendejado? Si tu tienes miedo,
regresa a la Sierra. —Muy bien dice el refrán que evitar peligro no es
cobardía. Usted es un comemierda. Yo tengo los cojones mejor puestos que
usted. Si tienes cojones monte delante conmigo y vamos de guía. Yo voy a
manejar el auto.
No discuten más. Botello deposita a su lado una ametralladora Thomson.
Controla el timón. Es un Chevrolet del 54, azul con techo color hueso;
detrás están Roberto Cruz, Roberto León y José López Legón. Los
vehículos están con los motores en marcha cerca del bar-prostíbulo
Cocosolo. Mientras la gente se acomoda en los camiones se producen
algunos comentarios.
—Hay que estar a la viva y listo para, en cualquier situación,
lanzarnos de los camiones.
Cada rebelde había recibido dos latas de leche condensada para la
reserva. Francisco Mendoza bromea conmigo:
—Mire, sobrino, me voy a tomar las dos latas de leche condensada que
me dieron para la reserva, porque para que se las tomen los guardias, me
las tomo yo.
—No, chico, no va a pasar nada. No te las tomes, guarda las latas de
leche porque después, te van a hacer falta.
—Qué va, no esperaré más.
Varios combatientes secundaron a Francisco. Alguien pregunta:
—¿Qué horas es?
—Las tres menos veinte —responde un combatiente.
El Chevrolet, se pone en marcha. Detrás, los cuatro camiones.
Avanzamos por el pésimo terraplén; a prudencial distancia va un carro
del otro.
Es 27 de septiembre. Llegamos a Pino 3. la luna está clara. Parece de
día. Cruzamos la vía férrea y un puente en mal estado e incómodo. Por
debajo corre el agua procedente de un canal magistral. El primer camión
se detiene... después, el segundo... el tercero... el cuarto. Quedan
escasos metros entre camiones.
La mayoría de los combatientes de la columna presiente el peligro, yo
también. Esperan las orientaciones del guía. En ese instante se escucha
un disparo de fusil. Observo la llamarada muy cerca de mí. Un breve
silencio. Una descarga cerrada de ametralladoras cayó sobre nuestros
camiones.
—¡Panchito, a tierra, rápido! ¡Caímos en una emboscada!
Un jinete pasa por el lado izquierdo de los camiones y grita encima
del caballo moro:
—¡Fuego a la lata! ¡Fuego a la lata!...
Escucho el silbido de las balas cuando pasan por encima de mí. Los
guardias están emboscados a ocho metros de nosotros. Me rodea una capa
de humo producido por la metralla. Unos 100 soldados están en posición
de tendido a todo lo largo del camino.
El segundo camión quedó frente al fuego y los cristales del
parabrisas saltaron al ser alcanzados por los proyectiles. Jacobo Cruz
Espinosa (2) conduce ese carro. “¿Lo habrán matado?”
La ametralladora 30 —emplazada frente a los camiones y delante de una
turbina, a la izquierda del terraplén— causa las primeras bajas. Los
fusiles se enredan en las estacadas de los carros. Me arrastro por el
terraplén. Las balas rebotan contra las camas de los camiones. Otros
proyectiles pican frente a mí.
Me pego bien al suelo. No puedo moverme. Reacciono. Me percato de la
posición de los guardias. Disparan con balas trazadoras que los ubican
en la madrugada. Tengo la cuneta cerca y me dejo caer. Cargo el fusil.
Llevo el dedo hacia el gatillo.
No puedo disparar. Entre nosotros y los guardias corren nuestros
compañeros. Pienso al momento: “Concho, mucha de esta gente, incorporada
en el trayecto hacia Camagüey, no asume las medidas de protección, como
tirarse al suelo, meterse en una cuneta, dar vueltas en el terreno o
parapetarse detrás de un camión”.
La metralla se intensifica. Se escuchan de manera permanente las
explosiones de las granadas y el impacto de los proyectiles. A medida
que el tiempo transcurre, la situación es más adversa para los rebeldes
que aún no han podido retirarse. A mis espaldas, escucho la voz del
primer teniente Ricardito Pérez Alemán. Está dando órdenes para que se
ocupen posiciones, se rechace el fuego y se rescaten a los heridos. Su
voz aguda, casi ronca, es inconfundible. De pronto no lo escucho más.
En medio del volumen de fuego de la emboscada, me llama mí tío
Francisco. Está a mí derecha.
—¡ René, ayúdame! ¡Ayúdame!
—Échate para acá que estoy en la cuneta. Estoy en una buena posición.
—Es que no puedo casi ni arrastrarme. Estoy herido.
Panchito está a sólo tres metros de los guardias pero hay una hierba
alta que le quita visibilidad a los casquitos (3). “Tengo que llegar
hasta él. Si lo dejo, lo matan. ¡Qué carajo!. Que nos maten a los dos.
En definitiva, como dice el refrán: El féretro es hermano de la cuna”.
Me arrastro hasta llegar a él.
—¡Agárrate del cuello!
Ya lo tengo. Retrocedo y me dejo caer nuevamente a la cuneta del
canal. Arrastro a mi tío. Trato de alejarme lo más posible del área del
fuego. Salgo casi detrás de los guardias. Me paro. Levanto al tío. Me lo
echo a la espalda. Corro por el lado de la caña rumbo a Pino 4. La
pierna herida de Panchito se enreda con las cañas.
—Me estás acabando la pierna con la caña.
—Bueno, entonces vamos para el terraplén.
En el camino las balas nos pasan por encima de la cabeza. Los
guardias disparan en esta línea. Un jinete se aproxima. Panchito sangra
intensamente. Detengo al hombre.
—Necesitamos que nos facilites su caballo. El compañero está muy
herido y no puede caminar.
—¡Qué va! ¡Yo lo siento por él, pero no puedo darles el caballo!
Apunto al jinete con el fusil.
—¡O me das el caballo o te mato aquí mismo!
“Este hombre lo que está es asustado”. Pero el jinete se baja de la
bestia y ayuda a montar al herido. “Menos mal que se decide.”
Los tres continuamos por el terraplén rumbo a Pino 4. Panchito encima
del caballo. El jinete y yo caminamos a ambos lados de la bestia.
Observamos a un grupo de hombres en el batey, pero comprendemos que son
rebeldes. Entre ellos, algunos heridos.
(1) Después del triunfo de la Revolución Jaime Vega fue detenido por
realizar actividades contrarrevolucionarias. Fue sometido a juicio y
condenado a diez años de presión. Posteriormente marcho a la República
de Venezuela, donde residía su familia.
(2) Fue abatido en la emboscada de Pino 3.
(3) Casquito: Nombre con que popularmente eran conocidos los soldados
de recién ingreso al ejército de la tiranía. |