Página del Periodista y Escritor Lázaro David Najarro Pujols

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Serie: Tiro de Gracia

Capítulo: "Los heridos"

Por Lázaro David Najarro Pujol

 Los campesinos apoyan. Abren las puertas a los rebeldes. Brindan lo poco que tienen. Auxilian a los heridos. Sacan sábanas y las ripian para usarlas como vendas. Un bodeguero entrega los frascos de mercurocromo que tiene en la tienda. Se escucha el tiroteo. Las balas pasan por encima del batey. El agua caliente se utiliza como desinfectante para echar en las heridas.

Mientras atienden a los heridos, dormito.

Jorgito. ¿Dónde está Jorgito? ¿Qué será de Jorgito?

Jorge Aleaga se acerca. Escucho su voz.

—René, ¿qué té pasa? ¿ Tienes pesadillas?

Sudo copiosamente.

—Aleaga, yo estaba pensando en Jorgito, ¿qué tú sabes de mi primo?

—Yo me encontré con él cuando la emboscada.

—¿Dónde está entonces?

Aleaga me miró fijamente y me cuenta la historia de la situación de Jorgito en la emboscada:

En medio de la metralla traté de retirar al muchacho de la emboscada. Una bala rozó el revólver de Jorgito y rebotó en el gatillo. El proyectil le entró por el ombligo y salió por la cadera derecha. Estaba herido en la ingle. Cuando encontré a Jorgito en el suelo le pedí que se retirara... pero estaba gravemente herido. Recuerdo que me respondió:

—No, no puedo, Alega. No puedo moverme. Estoy herido.

Cargué al muchacho y logré llegar al cañaveral. Me di cuenta que estaba muy mal cuando me pidió:

—Aleaga, Aleaga, me siento muy mal. Tengo mucho frío. Tengo la pierna dormida. Siento calambre. ¡Detente por favor! ¡Detente, coño!

Traté de salir de entre las balas. Continué avanzando. Pero me di cuenta que el muchacho no se movía, que no hablaba, entonces lo bajé y lo revisé para ver. Me percaté que Jorgito estaba muerto. Tomé su revólver y deposité el cadáver a la orilla de un plantón de caña.

 —Esa es la triste realidad, Vallina— concluye Aleaga aquel patético relato de la muerte de mi primo.

No estoy soñando. No es una pesadilla. Es la realidad de Jorgito.

Transcurren algunos minutos, quizás una hora. Los campesinos localizan algunos caballos y montan a los heridos.

“Esta gente se porta muy bien. Arriesgan sus vidas para proteger a los nuestros.”

Con 18 heridos avanzamos por dentro del monte. La marcha es lenta. De pronto descubrimos una pequeña casa de yagua. “Tendremos que detenernos. Esta gente se nos mueren”.

Entramos al bohío. Acomodamos a los heridos. Casi no existe espacio. Alfredo Rodríguez Velázquez (Fellín) se queda afuera del rancho en una hamaca. De la tropa de Botello también están heridos: Marcelino González Velázquez, Edilberto Pupo Pupo, Eddy Medero Mayedo y Juan Álvarez Rodríguez, entre otros.

Orestes González González no sufrió heridas en la emboscada pero está enfermo. La muerte de su amigo José Miguel lo ha afectado mucho. Solo habla del traumático incidente:

—José Miguel Gómez cargaba mi mochila. Yo venía acuclillado y con temblores. Una descarga cerrada cayó sobre el camión. Una bala de un M—1 le atravesó el cráneo a mi amigo. Con su cuerpo me había salvado la vida. Cayó encima de mí muerto con un tiro en la cabeza, que le atravesó el cráneo. El cuerpo inerte de José Miguel estaba cubierto de sangre.

“Bajo aquella luna llena continuaba la metralla. Yo estaba muy enfermo. Meditaba: Este paludismo es lo más malo que hay y ha estado conmigo en to’ la marcha. Qué cosa lo de mí amigo José Miguel. Él dio su vida por salvar la mía ¿Cómo pude bajarme de camión? No, no me bajé, mis compañeros chocaron conmigo y rodé por la culata. Me parapeté detrás de las mellizas del camión del lado que da a la caña. Solo tenía un pensamiento, solo tenía en mi mente la imagen terrible de mi amigo muerto. Me arrastré sin rumbo. Transcurrieron unos minutos. Me detuve y miré a todos los lados. Las balas trazadoras me pasaban por encima. Me rodeaba una capa de humo producido por la metralla.

“Los soldados emboscados disparaban con M—1 y ametralladoras. La descarga cerrada la siguieron concentrando en los dos primeros vehículos, aunque el resto de los carros recibió el impacto de la metralla.”

“No obstante la metralla continué arrastrándome rumbo a la caña. Me preguntaba: ¿Dónde estoy? ¿Cómo me oriento? De pronto, sin darme cuenta, estaba al lado de los soldados de la tiranía. No estaba seguro. Me interrogaba: ¿Quiénes son esos hombres que están disparando a mi lado? ¿Serán mis compañeros? Temblaba como consecuencia de la fiebre. No podían ser mis compañeros los que estaban ajilados peleando. Apreté fuertemente la escopeta de mazorca. Pronto me convencí que los que estaban a mi lado tirando, eran soldados enemigos. Realmente no me percaté por dónde le pasé a los guardias. Me retiré, pero con la escena en mi mente de la cabeza de mi amigo José Miguel Gómez Estrada, atravesada por un proyectil.

 Jaime Vega viene hacia el grupo de combatientes. Llega con un radio portátil. Mira a los heridos y se sienta en un taburete.

Enciende el radio y pone música americana. Todos estamos tensos. “Este es el responsable de la tragedia y mira como reacciona. ¿Cómo es posible que se ponga a escuchar música? Él es un oficial, pero ¿cómo se van a respetar sus grados si llevó a la columna a un fatal desenlace?”

La actitud insensible del jefe irresponsable nos indigna. Con energía le expresamos el disgusto.

—Ven acá, chico, ¿a ti no te da pena que tus compañeros se estén muriendo por tu culpa y ahora vienes a poner música americana?, —dijo uno de los rebeldes.

—No. No. Es para que la gente se anime.

—¡Qué nos vamos a animar! Y menos escuchando música americana.

Jaime baja la cabeza y apaga el radio. Todo retornó a la normalidad.

En esa situación amanece. Matan una vaca. Preparan comida. Reina la incertidumbre.

Las horas pasan, y los heridos sin recibir la atención adecuada. Nos quedamos en la zona. Reflexiono: ¿Cuántos habrán caído en la emboscada? Aquí sólo estamos unos 40 combatientes de los más de 160 que componemos la columna. ¿Habrán matado a los restantes? ¿Qué habrá pasado?

Percibo un extraño ruido ¿Qué es? ¿Un avión? ¿Cómo no nos percatamos?

La espesura del monte interfiere el sonido del aparato en vuelo rasante. El avión pasa tan bajo que le vemos el rostro al piloto.

Los heridos son escondidos en la arboleda. El resto preparamos la defensa de la zona, pero el ejército no aparece.

Nos organizamos. Distribuyen la comida. Comienza a oscurecer. Creamos las condiciones para levantar el campamento antes del amanecer. Aparecen los primeros rayos del sol. Se acerca Jaime Vega:

—La tropa no puede continuar la marcha. Nos vamos a quedar aquí para esperar al resto de la gente que está dispersa en la zona.

“¿Y a éste qué le pasa ahora? En definitiva aquí hay poco mando. Si quiere que se quede él. Nosotros vamos a continuar la marcha. Los que estamos con los heridos decidiremos por nuestra propia voluntad. Además, como dice el proverbio: cada cabeza es un mundo.

Aclara. Buscamos las bestias. Acomodamos a los heridos y partimos. Jaime Vega, desmoralizado, se suma a la decisión de la mayoría.

Se divisa un poblado. Hemos caminado tres kilómetros.

—¿Qué lugar será ese? —pregunta alguien.

—La Faldiguera del Diablo —responde otro.

Se escucha la explosión de una bomba. Luego otra. La aviación está bombardeando de oeste a este. Cuando los aparatos van en picada prácticamente pasan por encima de nosotros.

“La ‘fiesta’ es con nuestra tropa. Estamos localizados”. Pasa el primer el avión, el segundo. Nos escondemos en la espesura del monte. No ocurre nada. “Coño, están bombardeando el mismo sitio donde estábamos acampados. Si nos hubiéramos guiado por Jaime estuviéramos en una situación muy compleja”.

Organizamos una vanguardia y continuamos la marcha.

Recibimos un mensaje de la avanzada: “Adopten el máximo de medidas de precaución. El ejército se acerca”. Escondimos a los heridos y formamos una línea de fuego. Pasa el tiempo. Debe ser una falsa alarma.

—Recojan a los heridos. Vamos a continuar —ordena José Botello.

Algunos de los heridos están graves; la marcha es lenta y fatigosa. Mi tío, Francisco Mendoza Sosa, tiene una de sus piernas prácticamente desbaratada por el efecto de un proyectil de ametralladora. Acampamos nuevamente. Jaime Vega se reúne con nosotros.

—Yo voy a recoger las mejores armas de ustedes y les vamos a dejar escopetas y fusiles 22 a los que se queden con los heridos. Nosotros continuaremos la ofensiva.

La propuesta genera discusiones. Al final no tuvimos otra alternativa que aceptar la orden.

El capitán José Botello y Francisco Peña Rodríguez —otro de los oficiales— organizan sus respectivos pelotones y Jaime Vega agrupa un tercer pelotón. Nosotros nos quedamos con los heridos, en el pelotón de Botello. Mis zapatos se rompen y quedo descalzo. A mi tío lo monto en un caballo y a Alfredo Rodríguez (Fellín) lo llevan en una hamaca. Así, inconsciente, Fellín no puede montar en la bestia. Recibió en la emboscada un balazo de Springfield que le entró cerca de la tetilla derecha y le salió próximo a la columna vertebral, perforándole la pleura. La mayoría de los heridos recibió los impactos de las balas en las manos y en los hombros, lo que no le impide caminar a pie. Aún así el estado físico de los combatientes es deplorable.

Se hace indispensable operar a muchos de los heridos para extraerles los proyectiles del cuerpo. “¡Si no aparece un médico, alguna de esta gente se nos va a morir!”

La emboscada preparada por el Ejército de Batista provocó una gran cantidad de muertos y heridos (1) a la columna invasora número 11 Cándido González Morales, constituyó un gran revés, pero no la derrota.

Transcurren cinco días de la emboscada y aún los heridos no han recibido asistencia médica.

Continuamos la marcha para la finca Camblores, muy cerca del central Francisco. Medito nuevamente:

—¡Se nos mueren! ¡Si no aparece un médico por aquí, estos hombres se mueren!

En esa zona existe una tiendecita, pegada al terraplén. Más allá, los potreros, un guanal, una arboleda y una faja de monte. Pronto dejamos atrás esta finca y nos aproximamos a la zona de La Larga.

(1) En la emboscada de Pino 3 murieron 22 combatientes rebeldes y con los 11 heridos masacrados en La Caobita, ascienden a 33 los muertos de esos trágicos hechos.

En esta sección...
Serie: Tiro de Gracia
Capítulo: Presentimientos
Capítulo: "La columna"

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Capítulo: "fusilamiento"
Serie: Asalto al carro celular
Serie: Guerrilleros

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