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Serie: Tiro de Gracia
Capítulo: "La columna"
Por Lázaro David Najarro Pujol
Con muchas dificultades la tropa avanza. Acampan en Las 1009;
escuchan un disparo. René Vallina Mendoza se pregunta:
—“¿Qué sucederá?”
Observo a Juan Bruno Zamora Rodríguez, muy pálido. En su mano
sostiene, aún humeante, una pistola alemana.
Juan Bruno había rastrillado el arma y, segundos después, vino la
consecuencia de su actual imprudente: un proyectil le atravesó el brazo
izquierdo a Arturo Maura Mestril en el mismo instante en que este se
dirigía a la comandancia rebelde.
El accidente causa conmoción en la tropa, porque se tiene que juzgar
a Bruno. El propio Arturo Maura le pide al capitán José Botello Ávila
que no sea tan drástico con el muchacho:
—Considero que el hecho no es tan grave como para expulsar a Brunito
de la tropa, como solicita Jaime Vega Saturnino. El disparo fue casual.
Eso se lo aseguro.
Se valoró la responsabilidad de Bruno. El capitán José Botello Ávila
reconoce que el fenómeno constituía una negligencia, aunque defiende el
derecho del combatiente de continuar en la tropa.
Proseguimos la marcha. Llegamos a Las Arenas, en Victoria de las
Tunas. El Ejército nos tiene localizados. Pronto se escucha el ruido
ensordecedor de los aviones. Ordenan el despliegue. En vuelos rasantes
rompen fuego sobre la zona. Las hojas de los eucaliptos se desprenden
mezclando su olor con el de la pólvora. Transcurre el tiempo bajo el
hostigamiento.
La noche nos sorprende bajo el ametrallamiento de los B–26 que
iluminan la oscuridad con las luces de las bengalas y el fuego intenso.
Avanzada la noche los aparatos se retiran. Por el azar de la vida ni
nosotros ni los campesinos sufrimos pérdidas humanas.
Todo se encuentra en una aparente calma. La aviación enemiga se ha
retirado definitivamente. En Las Arenas se observa movimiento de
rebeldes y campesinos. Abordamos varios camiones y carretas tiradas por
tractores. Carretas, tractores y camiones confiscados cerca de Tunas.
—Hay que entrar a Camagüey esta misma noche. No se puede perder
tiempo —orienta Jaime Vega Saturnino.
“Nos pueden tender una emboscada los guardias. No es lógico que
cojamos camiones. Debemos continuar a pie con muchas precauciones”, digo
para mí.
De todas formas montamos en los vehículos. Transitamos por la
carretera de Jobabo. La caravana se aproxima a Jobabo. Marchamos por un
camino erróneo. Estamos a menos de un kilómetro de la torre del central.
Continuamos dando vueltas. Por la confusión llegamos prácticamente a 100
metros del cuartel. En la bomba de gasolina del pueblo se recibe una
llamada: “¿Qué pasa por allá? ¿Qué es todo ese movimiento que se escucha
en el batey? ¿Y esas luces de carros? ¿Qué coño está pasando allá?”
Allí les comunican a los soldados que se trata de unos tractoristas
que van a preparar unas tierras. Claro que los empleados conocen de
nuestra presencia en la zona.
Retrocedemos y continuamos la marcha al Este. Ya habíamos explorado
El Níspero. Nos detenemos en Palmarito de Coyoso. Nos desviamos al sur y
bordeamos el central Jobabo. Seguimos creciendo. Cerca de 160
combatientes integramos la fuerza rebelde. Ha dejado de llover. Pero los
neumáticos se hunden entre la mezcla de fango y agua. Los camiones
comienzan a atascarse.
—Esta mierda de camino —digo.
Algunos vehículos quedan abandonados. La mayoría de los guerrilleros
vamos a pie. El 22 de septiembre nuestra columna penetra en territorio
de la provincia de Camagüey.
Es de madrugada, estamos en Sitio Viejo. Preparamos una emboscada al
ejército. Un camión que transporta guardias se acerca. Estamos listos
para abrir fuego. “Ya lo tenemos en la mirilla. Se acercan. ¿Qué pasa?
¿Cuándo Jaime dará la orden?”. Pero el fuego no se produce al cumplirse
la contraorden de no atacar. El carro pasa ante nuestras miradas. La
decisión crea desconcierto.
—Si disparamos, delatamos nuestra ubicación —se justifica Jaime Vega.
Pasados algunos minutos el camión retrocede estando nuestra tropa
todavía emboscada y se reitera que no disparemos.
Nuevamente abordamos varios tipos de transporte.
La vanguardia de la columna 11 explora San Miguel del Junco. Ya es 26
de septiembre. Acampamos al amanecer en San Miguel.
Un campesino alerta a los oficiales:
—Tengan mucho cuidado. En estos días se ha visto movimientos de
soldado. El ejército sabe que ustedes están en la zona. Ya ellos lo
saben.
Nos replegamos por grupos; unos, cerca de los bohíos de los
campesinos, y otros, en el monte. El personal de la cocina sacrifica un
animal para mitigar el hambre. Armamos las hamacas. Intento descansar en
espera del banquete.
En el batey de Corea, una escuadra nuestra prepara una emboscada. Las
manecillas del reloj indican las tres y treinta de la tarde. Los
rebeldes ubican una mina de 25 libras de explosivos.
Duermo profundamente. Una detonación bastante fuerte me pone en
alerta.
—Ya los guardias cayeron en nuestra emboscada —digo para mí.
La explosión de la mina levanta en peso al primer camión del ejército
con todos sus ocupantes y desprende de la base el motor del vehículo
para lanzarlo a varios metros del cruce. (1)
Se ha previsto que nuestro pelotón refuerce la escuadra emboscada.
Empuñamos las armas y corremos hacia el norte. Escuchamos un fuego
intenso. Los plomos de las balas se incrustan en la vegetación. El
capitán Jaime Vega nos sale al paso.
—¡Para atrás! No continúen.
—Esto es insólito, capitán. ¿Cómo vamos a dejar sola a la gente
aquella? Tenemos que apoyar —dijeron muchos.
—¡Es una orden carajo! A sus posiciones anteriores. ¡Regresen rápido
para el monte!
El ejército emplaza los morteros y comienza a disparar con mayor
intensidad a los montes de San Miguel. Los proyectiles caen próximos a
los bohíos. Algunos rebeldes dejan la ración de comida abandonada y se
refugian. Los guardias disparan con obuses para donde suponen estamos
los rebeldes en los montes de San Miguel del Junco. Pepe Botello nos
ordena sacar a los campesinos del batey. Los hombres, mujeres y niños
corren desesperadamente. Y nosotros orientando a aquella pobre gente
para que se protegiera. Nos replegamos entre la arboleda. Observo a la
escuadra emboscada que viene de regreso. Todo indica que no sufre bajas.
Oscurece.
El Ejército se retira, pero los combatientes rebeldes se mantienen en
las posiciones en espera de la aviación. Pienso al momento: “Si salimos
de aquí nos la pelan”. En un estado de mucha tensión, la tarde del 26 de
septiembre de 1956 palidece. Más de 160 combatientes de la columna
invasora Cándido González Morales estamos listos para enfrentar el
ataque de la aviación.
Pronto se escucha un sonido ensordecedor. Los aviones sobrevuelan los
montes de San Miguel del Junco, pero sus pilotos no localizan rastro de
nuestra columna. Se retiran desorientados. El tiempo pasa.
Quedo anonadado al conocer la decisión del capitán Jaime Vega.
Escucho cuando ordena buscar camiones para desplazar a la columna.
Roberto Cruz y otros oficiales parten en busca de camiones.
Un ciudadano llega al campamento y se dirige al capitán Jaime Vega.
—Rolando Cantero, pa’ servirle. Estoy dispuesto a ayudarlos en lo que
sea necesario. Conozco la zona y los puedo guiar.
El jefe de la columna agradece el gesto de aquel hombre.
—Por el momento lo que necesitamos es gasolina para los camiones.
¿Podría ser posible?
—Claro que sí, capitán.
Rolando Cantero monta en un caballo moro e hinca las espuelas al
animal. La bestia, a su paso, desprende pedazos de fango en el
terraplén. El jinete se aleja.
También un grupo de rebeldes sale a cumplir una misión. De regreso
cuentan lo sucedido:
Tocamos a la puerta de una vivienda en el batey de Becerra. No
pasaban de las nueve de la noche.
Próximos a la casa estaban parqueados dos camiones, uno de ellos un
Mércury del '56, color rojo.
El homb re (2) abrió la puerta.
—¿Qué desean ustedes?
Le pedimos el camión.
—¿El camión? —dijo extrañado.
—¿Omar, quiénes son? —preguntó la esposa.
—No te preocupes, son rebeldes.
—Debemos mover esta misma noche una tropa—dijo uno de los nuestros.
—Yo puedo ir con ustedes y manejar el camión.
—Mire, su señora está en estado. Está próxima a dar a luz. Yo soy
chofer. Yo voy a llevar su camión— respondió Jacobo Cruz Espinosa
después de observar a la mujer.
Es un camión casi nuevo. El hombre se notaba indeciso. Jacobo lo saca
de sus meditaciones.
—Mi nombre es Jacobo. Anótelo si usted quiere.
—No, a mí no se me olvida porque mi mamá se llama Jacoba. Ya sé que
no hay olvido.
—Yo voy a manejar su camión.
Le enseñó la cartera de chofer.
—No, esta bien yo confió en usted, pero cuídeme el camión, cuídeme
mucho el camión. ¡Ah!. Tengan cuidado porque yo hoy vi movimiento de
soldados.
Pensamos que el hombre dijo lo de los soldados por el camión y fue
cuando Jacobo trató de convencerlo:
—Yo le voy a cuidar mucho su camión. Si salimos en paz, si sale todo
bien, va a recibir el camión en buen estado técnico. ¡Ah!. Si escuchas
tiroteos debes ir bien temprano al cuartel e informar que su camión nos
lo llevamos a la fuerza para que usted no tenga problemas con el
ejército.
El hombre nos reiteró:
—Tengan mucho cuidado, porque realmente hoy vi guardias.
Hablamos con el propietario del otro camión, es el hermano de Omar y
luego compramos el combustible allí en Becerra.
Esa es la historia que me cuentan, mientras esperamos la decisión del
jefe.
Jaime Vega está decidido avanzar en camiones y no a pie.
José Botello discute con Jaime porque cree que no es prudente
utilizar camiones en esta zona. Escucho que el primero le explica:
—No se debe salir en camiones, Jaime. El ejército sabe que estamos
aquí. Eso es una locura. Hay que esperar la noche y salir a pie.
Mientras Pepe y Jaime discuten, llegan dos mensajeros de Santa Cruz
del Sur. Uno de ellos entrega una nota al jefe de la columna.
Me limito solo a escuchar las discusiones. Leo el documento que
confirma el presentimiento del grueso de los oficiales: “Tengan cuidado,
el ejército prepara una emboscada”.
Son poco más de las diez de la noche. Iniciamos el recorrido a pie a
través del monte, por pésimas veredas. Ha llovido mucho.
El camino está difícil es un mégano de agua. Hay mucho fango. Una
parte es monte... otra, potrero y, el mismo marabú repetido. Algunos
combatientes están enfermos. Muchos no calzan zapatos. Se agotan.
A Alfredo Rodríguez Velásquez, Fellín, y a mí nos conocen como las
ambulancias. Somos jóvenes, fuertes y con buen entrenamiento. Tenemos la
responsabilidad de ayudar o cargar a los más enfermos.
Ayudo a Horacio Cobiella Domínguez que realiza demasiados esfuerzos
físicos y comienza a desfallecer. Llegamos hasta Pino 4, donde están los
carros parqueados.
Marciano Ross Castro y su gente llegan últimos a donde están los
camiones. Abordan un camión Dodge que casi no frena y se le pide al
chofer que ponga el vehículo al frente de la caravana.
(1) Preámbulo
(2) La columna
(3) Presentimientos
(4) Los heridos
(5) El doctor Corchado
(6) El Viaje
(1) El chofer que condujo el camión de los guardias hasta el cruce se
trataba de pedro Plaza Fernández, un joven carnicero que la noche
anterior había traslado a los rebeldes hasta Santa Miguel del Junco,
pero de rgreso al central Francisco fue sorprendido por el ejército.
Rojas conocía de la existencia de la mina. Se inmoló por la Revolución.
(2) El hombre que entregó el camión es Omar Martín Proenza. |