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Serie: Tiro de Gracia
Capítulo "Fusilamiento"
Por Lázaro David Najarro Pujol
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Eran alrededor de las once
y cinco de la noche del miércoles 8 de octubre de 1958.Un grupo de
prisioneros es conducido en un automóvil por la carretera de Santa
cruz del Sur a Camagüey. Rene Vallina Mendoza jamás lo olvidará:
Nos aproximábamos al camino de Curajaya. El teniente le dice en voz
baja al chofer. |
| Foto: Francisco Mendoza
(Izq.) y René Vallina (Antes de incorporarse al Ejército Rebelde) |
—Ahora, en el primer camino, en el primer callejón desvíate a la
izquierda.
El cabo Eusebio Pérez, que venía conduciendo el auto, disminuyó la
velocidad. Yo venía detrás del chofer y escuché la orden. Pensé: “aquí
mismo es la cosa”.
El auto tomó a la izquierda y detrás venía el jeep. A unos 300 metros
se detuvo.
—¡Bájense, rápido!
Los cuatro prisioneros estábamos en el auto esposados, mano con mano.
Alipio iba esposado con Rolando Plaza y yo, con Panchito. Ordenaron que
nos desmontáramos. Fui al último recurso. Le dije a los guardias:
—Es que el herido así, como está, no puede caminar.
El oficial que vestía de civil y usaba una gorrita deportiva me
respondió:
—Ayúdense ustedes mismos, si en definitiva van a caminar muy poco. En
un bote que hay allí se van a montar. Es un pedacito nada más lo que van
a caminar...
—Pero...
—¡Arriba! ¡Arriba, denle para allá!
Realmente mi tío no podía caminar. Se sujetaba de mí.
—¡Tú tienes miedo, sobrino!
—No, qué va. ¿Cómo vas a pensar que tengo miedo? Recuerda lo que dice
el refrán: “si llega tu día, muere como mueren los hombres”.
—Yo tampoco tengo miedo, sobrino.
No le podía decir la verdad al tío, pero realmente sí tenía miedo,
pero por solidaridad con él no podía demostrarle que me estaba muriendo
de miedo.
Nos formaron a los cuatro. Yo estaba con Panchito a la derecha y
ellos dos a la izquierda. Los soldados venían detrás de nosotros.
Caminábamos despacio. Alipio Carrillo hablaba con el sargento:
—Lo que usted va a cometer es un crimen. Pero bueno, yo tengo
información de muchas cosas que a usted le puede interesar...
Mi tío y yo reaccionamos inmediatamente.
—No hables viejo, si ya te van a matar de todas maneras. ¡Cállate la
boca!
El muchacho no hace caso...
—Mira, yo sé que en la casa de (...) se reúne...
No pude escuchar el nombre de la persona a que Alipio hacía
referencia.
—Todo eso lo sé ya. A ver, ¿qué más tú sabes?—gritó el sargento.
Le repetimos:
—Muchacho, cállate la boca. De todas formas te van a matar.
—Sargento, mira, yo sé también...
—¡Está bueno ya, carajo!
Palanquearon los fusiles. El muchacho trataba de correr hacia donde
estaba el sargento.
—Sargento... Sargento...
No pude precisar lo que dijo Alipio. En el instante que el muchacho
haló para correr hacia el sargento, Rolando Plaza, que estaba esposado a
él, quedó de perfil hacia los guardias. Sonó la primera descarga. Caímos
al suelo. Ni una sola bala me dio. Los guardias cargaron de nuevo los
fusiles. Cada peine tenía cinco balas. En el suelo nos siguieron
tirando. Sentí como una bala me quemaba la piel. Un tiro me dio detrás
de la oreja. Otro me rozó los testículos y un proyectil me dio a sedal.
Sentía como los plomos desprendían la tierra entre mis piernas. Me quedé
inmóvil. Un disparo alcanzó a Francisco.
La bala le penetró en la cabeza y su cuerpo brincaba en la fría y
húmeda noche. Yo estaba lleno de sangre y no precisamente de la mía sino
de mi tío. Aún Alipio se quejaba moribundo aferrado a la vida:
—Sargento... Sargento usted sabe que soy inocente.
Comenzó a emitir un sonido imperceptible. Quedó muerto.
Los guardias nos viraron a los cuatro prisioneros boca arriba y
empezaron a revisarnos para darnos el tiro de gracia a los que estábamos
moribundos. Sentía la sangre caliente que me corría por el cuello.
Sentía calambres.
Un soldado trataba de quitarme las esposas a mí y a Francisco. Yo era
el último pero la esposa no abría. Era nueva. Se trababa. El guardia me
halaba el brazo para la izquierda y la derecha. Estaba inmóvil. Me hice
el muerto. Por fin abrió la esposa. Pero el hombre se dio cuenta que yo
respiraba y dijo:
—Teniente, me parece que éste aún está medio vivo.
—No, denle el tiro de gracia a todo el mundo.
De allá para acá volví a ser el último. Sentí a alguien a mi lado.
Escuché que palanqueó la pistola. Sentí el cañón del arma aún caliente
que me lo pegaba encima de la oreja. Inmediatamente un disparo y el
golpe. Pasaron unos minutos. Volví en mí. Los guardias estaban ahí
todavía.
—Oye, el muchacho tiene una camisa nueva. Vamos a quitársela.
Halaron a Alipio. Le quitaron la camisa. Le daban patadas a los
cuerpos para asegurarse que estaban muertos. Me mordí la lengua. Sentí
el golpe fuerte de la bota. Se me fue el aire y emití un sonido. Escuché
al guardia.
—Oye teniente, éste está medio vivo todavía.
Un soldado palanqueó el fusil. El teniente lo aguantó.
—Esta bueno ya. Ni un tiro más. Es suficiente. Nos vamos pa’l carajo.
El guardia sacó la bala del directo y escuché que se retiraba de mí.
Yo quedé boca arriba con el tiro en la cabeza. Miré las luces de los dos
carros. Viraron en U en el terraplén y se alejaron.
Alguien se paró de entre los muertos. Chocó con la cerca y cayó al
suelo. Sin moverme de la posición en que estaba. Le grité bajito:
—Oye, espera que los guardias lleguen a la carretera.
El hombre se incorporó y chocó otra vez con la cerca. Cayó a la
tierra húmeda. Era Rolando Plaza, el chofer. Se recuperó y logró pasar
entre los alambres. Se metió en la caña.
Me levanté. Salí caminando. Caminaba sin rumbo. Llegué a la
carretera. Toqué con las manos el asfalto. “Por la carretera no puedo
caminar porque me pueden descubrir.” Retrocedí. Me senté al lado de los
dos cadáveres. “¿Qué haré? Si me quedo aquí me van a matar”. Caminé otra
vez. “Por este callejón no puedo seguir, tengo que virar.” Retorné a los
muertos.
Revisé a mi tío. Traté de levantar el cadáver. Le pasé las manos en
la cabeza y los dedos se hundieron entre los sesos. Tenía el cráneo
destrozado. Una bala le había atravesado el pecho. Halé al muchacho y lo
puse a la orilla de Panchito. Le quité el cinto a mi tío. “Para un
recuerdo”. Saludé militarmente a los dos. Pasé la cerca entre los
alambres.
Escuché un caballo. Traté de agarrarlo. El olor a sangre espantó al
animal. Caminaba hacia el norte. Caí en algo que me mojaba. “¿Un charco
de agua? ¡Coño, estoy dentro del agua!” Salí del agua. Caminé un
poquito. Volví al suelo. Me quedé de rodillas. Me senté sobre la hierba.
Meditaba: “Concho, a mí me fusilaron. Me dieron un tiro en la cabeza.
Debo tener un hueco grande. No tengo valor de tocarme del otro lado de
la cabeza para no sentir el boquete que deja el proyectil cuando sale de
la carne. ¡Qué carajo!” Me pasé la mano por la cabeza. Sentí un pegote
de sangre. “Me han pasado la cabeza de lado a lado. Además, estoy
muerto. Pero bueno, si estoy muerto no puedo romper ningún objeto
material, a las cosas materiales no le puedo hacer nada si uno es
cadáver, pero si estoy vivo sí. Déjame partir un palito”. Busqué a
tientas. Lo agarré. Lo llevé a los dientes. “¡Se rompe! ¡Estoy vivo! ¡No
me mataron!” Tenía que orientarme. “¿Para dónde voy? ¿Dónde estoy? ¿Cómo
me oriento? ¡Ah, ya sé! Me oriento por las estrellas, los puntos
cardinales. La rastra indica el norte. Voy para Santa Lucía. Voy a
caminar ¿Esas luces? ¿Un batey? ¿Hay una casa muy bonita? ¿Esa debe ser
del mayoral o del dueño de la finca? De todas formas, pediré ayuda. Pero
si sale el mayoral o el dueño me va a entregar a los guardias. Mejor
llamo a los haitianos que viven en el batey”.
Llegué a un bohío. Llamé:
—Por favor, necesito ayuda. Estoy gravemente herido.
No salía nadie. Por fin escuché una voz.
—Ahí afuera hay un caballo que es mío. ¡Cójalo y lléveselo!
Traté de agarrar el caballo, pero estaba suelto. Me pasó lo mismo que
con el otro. La sangre espantó a la bestia. Hice un lazo con el cinto de
mí tío. Logré aguantar al caballo. Traté de montar, pero no pude.
Caminaba de un lado para otro. Llegué a una cerca. Caminaba agarrado a
los alambres de la cerca. Me caía. Desde el suelo no vía casi nada, pero
observé una luz pequeña. Me levanté y trataba de llegar a la luz. “¿Será
una casa? Sí, es un ranchito de guano”. Estaba tendido en el suelo. No
tenía fuerzas para levantarme. Caminaba gateando y agarrado a la cerca.
Me aproximaba a la luz. No podía arrastrarme más. Me sentía muy mal.
Vi un bulto. Una persona salía de la casa y caminaba hacia mí. Era un
hombre desnudo. Se detuvo. “¿Qué hace? ¿Me va a orinar?” Lo llamé. El
hombre dio un brinco y se echó a correr.
—Oiga, no corra, coño. Estoy herido. No tenga miedo. Ven acá.
El hombre, un poco receloso se detuvo y volvió a mí.
—Oiga, por favor. Ayúdame que estoy herido.
Me haló por debajo de la cerca. Me llevó para la casa. Yo tenía
temblores. Un frío tremendo.
—Mire, a mí me hace falta que usted me dé algo caliente. Me estoy
muriendo del frío. Hágame un poco de café.
—Es que yo no tengo nada en la casa.
—Usted no tiene ahí para calentar agua.
—Para calentar agua, sí.
—Bueno, caliente agua y démela.
Las condiciones de vida de aquel muchacho eran deplorables. Vivía con
su mujer. Él dormía en una hamaca de saco y la esposa en otra. Era una
pareja de jóvenes. Debían tener unos 25 años de edad.
Me acostaron en una de las hamacas. La mujer encendió el fogón y
calentó agua. Me dieron agua.
—Usted no se puede quedar aquí. Usted aquí no puede amanecer —me dijo
el muchacho asustado.
—Pero es que yo no puedo caminar casi.
—Sí, pero usted aquí no puede amanecer. ¡Qué va! Yo vivo aquí en la
orilla de la cuneta. Si se me muere en la casa que me hago yo después.
—¿Entonces dónde estamos?
—En la orilla de la carretera de Santa Cruz del Sur.
—Yo creía que estaba en medio de un monte.
—No, qué va. Usted está en la orilla de la carretera de Santa Cruz.
Me levanté de la hamaca. El muchacho me ayudó a incorporarme. Me paré
en la puerta. Vi la carretera y del otro lado una casa.
—¿Quién vive ahí?
—Ahí vive un negro.
—Pero, ¿qué tipo de negro? ¿En qué trabaja? ¿Qué es lo que hace?
—Es tractorista allá en el central.
—¿Cuántos hijos tiene?
—Tiene como cuatro o cinco hijos.
—Bueno, llévame para allá.
“Ese debe ser un negro muerto de hambre. Este mismo es el hombre que
me va a apoyar.” Pensé.
—Ayúdeme a pasar la carretera.
El muchacho pasó la carretera conmigo. Me dejó recostado a la ventana
del fogón de la casa del negro.
—Oye, Terry, aquí te busca un guardia lleno de sangre que pregunta
por ti.
El muchacho se fue corriendo.
Fragmento del libro Tiro de Gracia |