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Sueños borrados
Por Lázaro David Najarro Pujol
Todos
dormían tranquilamente esa noche. La tarde había concluído de una forma
rara. Un sol intenso rojizo se apreciaba en el oeste y la marea subía
lentamente. Un mensaje recibido por el telegrafista indicaba que no eran
necesarias preocupaciones.
Pero unas horas más tarde de que el sol se disipara en el horizonte,
el destino del pueblo comenzó a cambiar. El 9 de noviembre de 1932 dejó
cicatrices profundas en aquella gente, cuando un huracán causó cerca de
4 mil victimas entre muertos y desaparecidos, de los más de cinco mil
habitantes que residían en el pueblo camagüeyano de Santa Cruz del Sur
(1).
El
día ocho a las siete de la noche el parte emitido ubicaba el centro del
fenómeno atmosférico, a 150 millas al oeste de Jamaica, moviéndose al
norte noroeste. Dejemos que los propios protagonistas reflexionen en
torno a la tragedia:
Fotos: José Gabriel Martínez
Tanto la Cruz como el monumento indica la altura hasta
donde subió el mar. El monumento representa una familia en el instante
en que es sepultaba por las aguas del mar.
TEOFILO GONZÁLEZ.
El día 7 de noviembre por la tarde me visitó Sángara, mi cuñado.
Venía de Macareño. Mi casa la había construido recientemente, con
paredes de caoba, cedro, jiquí y techo de zinc.
Comenté con mi cuñado que no me agradaba el tiempo. Escuchaba un
sonido muy extraño que procedía del mar. Yo percibía una ardentía. Él no
prestó mucha atención a mis presentimientos y me dijo que el problema
mío era de los nervios y que por ese motivo había venido para no dejarme
solo. El día 8, por la mañana, el mar llegó hasta la puerta de entrada.
La casa estaba pegada a la costa. Por la tarde tuvimos que quitarnos los
zapatos y andar en short. Esa noche no pudimos dormir.
Cuando amaneció el agua nos daba a la cintura. Teníamos las puertas y
las ventanas completamente abiertas. A las cinco de la mañana le dije a
mi cuñado:
—Cómo tu no sabes nadar, agárrate del cinto. Voy a buscar un colchón
para que nos lleve flotando.
Al momento vino una ola inmensa que estremeció la casa. Le siguió
otra mayor cargada de escombro, fango, sargazo y mangles. La ola parecía
un león gigante, pero pude advertir a mi cuñado:
—¡Tírate!
Él se agarró de mi cinto. Nos mantuvimos flotando encima del colchón.
En ese instante nos acercamos a un bote.
—¡Vamos a subirnos al bote!
Mi cuñado logró subir a la embarcación. Un madero
me golpeó la cabeza. Perdí el conocimiento. No pude precisar el
tiempo que permanecí inconsciente. Las corrientes marinas me arrastraron
hasta el mar abierto. De pronto escuché unos gritos que procedían de una
lancha. Nadé desesperadamente hacia la embarcación. Algunas familias se
refugiaban en la lancha. Con la ayuda de aquella gente logré subir a
cubierta.
—Teofilo, toma un poco de café para que entres en calor.
Era Petronila Cabrera.
—Está malo porque no tenemos azúcar—me dice la mujer.
El huracán arrastraba todo tipo de objeto: las casas, los árboles,
las empalizadas, las personas...El día 10 levamos el ancla y llevé la
lancha hasta la orilla.
Para caminar por la orilla de la playa tuvimos que apartar los
cadáveres y los escombros. En una empalizada escuché los quejidos de
personas vivas. Eran mujeres, niños...
—¡Sáquenme de aquí, que estoy vivo.
Entre los lamentos me pareció escuchar el de mi cuñado Ságara.
No pudimos hacer nada por aquella pobre gente. Aníbal Piña, el jefe
de sanidad ordenó quemar todas las palizadas con la gente dentro.
—¡Qué horror, quemar personas vivas!
ARMELIO LARA CORREA
Nuestra casa, de piso alto, se encontraba en el callejón de Avalo.
Nos dedicábamos a la venta de pescado que enviábamos para Camagüey y
Florida. Contábamos con un camión reconstruido de un ford, llamado tres
pata’. Pero el pescado lo embarcábamos en tren.
El día 8 me acosté temprano porque tenía que madrugar. Mi cuñado, de
nacionalidad americana, sintonizó un radio, escuchaba una estación de
Miami que transmitía los resultados de las elecciones en Estados Unidos.
De momento la transmisión se interrumpió.
—¡SOS!.
Ese mensaje se repitió tres veces y mi cuñado nos lo tradujo al
español:
El huracán que se encontraba en el golfo de honduras, había recurvado
y se dirigía a un punto de la costa de Cuba. Se dirigía a la costa sur
de la provincia de Camagüey, al puerto de Santa Cruz del Sur.
Unos 20 minutos más tarde repitió el mensaje en ingles.
—Arranca el camión y llévate tu familia para la casa de Perico
Salazar—me dice de pronto mi cuñado.
Manuel Curra, el chofer del carro de bombero, detuvo el vehículo
frente a una ranchería. Venía a auxiliar a algunas familias. Cuando se
bajó del camión fue alcanzado por una pancha de zinc que le cortó la
cabeza.
Una joven, de unos quince años de edad, trató de atravesar la calle,
otra pancha de zinc la trozó por la cintura. Un gran escalofrío me
recorrió todo el cuerpo.
Nos aproximábamos al almacén de Avalo. La edificación había perdido
el techo. Dentro del local se encontraban varias familias, entre ellas
los hijos de Manuel Cañete, con Rita de Quesada y también los Díaz.
Una de las muchachita, que era entretenida, se incorporó y camino
tres paso. La hermana la agarró por un brazo para que regresara. Una
vigueta elevada por los vientos se le echó encima y les golpeó la
cabeza. Al instante quedaron muertas las dos jovencitas.
Con esa pesadilla, del huracán, he vivido toda mi vida. Son momentos
difícil de olvidar.
TEOFILO MARTÍNEZ
El huracán del 9 de noviembre de 1932 me borró todos mis sueños. El
mar vistió de luto a miles de madres, hermanos e hijos. Vistió de luto a
un pueblo entero. Fue la prueba más cruel de mi vida. No he podido
recuperarme de la tragedia.
CLARA AURORA BETANCOURT
Perdí la ilusión de mi juventud, risueña, alegre... Esperaba un gran
porvenir siempre color de rosa, pero se convirtió en una niebla oscura,
tenebrosa y destructora. Nuestra comunidad quedó borrada del mapa. Fue
una pesadilla que duró muchas horas y de un día para otro el pueblo se
convirtió en escombros.
ÁNGEL CÓRDOVA ÁLVAREZ.
Un mes antes del desastre, por las casualidades de la vida, llegué a
Santa Cruz del Sur. En corto tiempo recibí el cariño, hospitalidad de la
gente del pueblo. Encontré en muchas personas una amistad franca.
Cubría el descanso del jefe de la estación del ferrocarril y el mismo
día 9 de noviembre terminaba mi suplencia, pero, por esas cosas del
destino, no abordé el gascar que partió a las seis de la mañana rumbo a
Camagüey. Pocas horas después me correspondió vivir el momento más
amargo de mi vida. Le pedí al auxiliar que me acompañara. Él había
notado que el mar había subido bastante. En el muelle había quedado una
casilla del ferrocarril. Como a las cinco de la mañana la gente se
refugió en la casilla. Como 42 personas se reunieron allí, entre ellas
las familias de Salvador Furiach, Eliécer Betancourt y otras más. Una
ola gigantesca entró a la casilla pero Eliécer había dado la orden de
que se abriera la otra puerta para no hacerle resistencia al mar y el
agua pudiera entrar y salir libremente. En el Way había 40 casillas más
que no pudieron resistir la furia del viento y del mar. Escuchaba los
gritos aterradores de las mujeres, los niños y los hombres hasta que
fueron apagados por el agua. Betancourt vio pasar encima de un piano a
una mujer completamente desnuda.
A las mismas personas que había conocido las vi morir con gran
desesperación en sus rostros. Mi suerte fue distinta. Sólo la casilla en
que yo me encontraba, en espera del tren de auxilio, no fue arrastrada
por las fuerzas del mar y el viento.
RAMÓN LAZO GIL
El afán de aquella generación de santacruceños fue destruido por
cruel obra del destino. Aquellas personas con las que había compartido
mis sueños y alegrías se habían transformado en pocas horas en seres
andantes en la desesperación, con las manos sobre la cabeza, los ojos
inyectados en sangre, la voz apagada, con los cuerpos semidesnudos y la
piel blancuzca. Parecíamos cadáveres vivientes que nos movíamos como
sonámbulos de un lugar a otro sin rumbo determinado buscando a los
familiares y ahogados en llantos. ¿Qué de las madres que las corrientes
y el viento le arrancaron de entre sus brazos a las criaturas? Han
quedado traumatizadas y cargan con ese dolor para toda su existencia.
FELIBERTO PETTIT TIÁ
Ese día inolvidable quedó grabado para siempre en mi memoria. Una
gigantesca tormenta de viento y agua, soplando de este a oeste y de sur
a norte de forma circular, fue arrasando con cuanto se encontraba a su
paso, arrasando con los seres humanos y objetos materiales. El
persistente oleaje y las ráfagas de viento quebraban las casas de
débiles estructuras de madera.
Se observaban personas vivas encima de los árboles y techados,
cuerpos decapitados por planchas de zinc y tejas de barro que se
desprendían de las viviendas como hoja de papel y, cadáveres enredados
en las palizadas o arrastrados por la furia del viento, el mar y las
lluvias. Muchas familias quedaron atrapadas y ahogadas dentro de sus
viviendas. El mar en su retirada se llevó con él decenas de personas
vivas y cadáveres, algunos seres humanos desaparecieron y otros fueron
encontrados putrefactos enredados en los mangles de las cayerías más
cercanas.
LORETO MONCADA REINALDO
Desde su fundación me desempeñaba como presidente del Club de los
hijos de los Veteranos de la Guerra de Independencia hasta que
desapareció como una pesadilla aquel 9 de noviembre de 1932, denominado
día negro en Santa Cruz del Sur. El agua fue subiendo hasta alcanzar la
altura de un poste de la luz o quizás más y el mar se adueñó de unos
cinco kilómetros tierra adentro.
SABINO RODRÍGUEZ MENÉNDEZ.
Consagré mi vida al trabajo para labrarme un futuro en la vejez,
futuro que quedó frustrado casi al concluir el año 1932. El mar se tragó
todo lo que creamos. Devastó las casas, los techos, los curvatos(2) y
las empalizadas. Solo una vivienda de madera de dos plantas, de los
Martínez Milanés, quedó en pie y resistió hasta el final del huracán, en
la que sobrevivieron unas 40 personas. También la fuerza del mar y la
violencia de los vientos arrasaron con las tres escuelas, pupitres,
libretas escolares, muebles, portales, puertas, ventanas, embarcaciones,
muelles, alambradas, pianos y todo lo que encontró a su paso. Arrastró
con él todos nuestros sueños.
RITA DE QUESADA
Ese día dejó para siempre una página de lagrimas en nuestra historia.
Encontraba a mi paso mujeres, hombres, niños y ancianos semidesnudos y
temblorosos. El pueblo amaneció borrado del mapa el día diez de
noviembre. Los cadáveres flotaban junto a todo lo que era de madera.
Durante muchos días ardieron en fogatas gigantescas los cuerpos
putrefactos de seres humanos y animales. Más de tres mil personas, el 70
por ciento de los habitantes, quedaron sepultadas en mi pueblo.
AMÉRICA DE LA CRUZ DEL RISCO MUÑOZ
Me acompañaron durante el resto de mi vida unos recuerdos espantosos
que a veces no me dejaban conciliar el sueño. Aparecían en mis
pesadillas personas aún vivas dentro de los escombros y varios hombres
con latas de gasolina o de petróleo dándole candela a las piras.
Escuchaba los lamentos de aquellos cuerpos inertes debajo de las
palizadas. Veía una columna de humo negro que cubría todo el pueblo. Por
las madrugadas a veces me despertaba sobrecogida con imágenes dantescas:
una madre con el cuerpo de su hija muerta entre sus manos y apretada al
pecho como cuidando su sueño definitivo.
PEDRO GUERRA CABRERA
Ese día no puede borrarse jamás de la mente de los que sufrimos
aquella terrible pesadilla. Quedó clavado en mi corazón como una espina.
No es solo mi sufrimiento y mis angustias, es el sufrimiento y la
angustia de todos los que sobrevivimos la tragedia. Santa Cruz del Sur
se transformó en cenizas. El pueblo se fue envolviendo en un gran
remolino de viento, agua, fango, maderos, aceros y cadáveres.
JUAN AMADO VEGA MARTÍNEZ
El 9 de noviembre me golpeo muy fuerte en el corazón. Un gran vacío
quedó en mi vida. Mi casa se convirtió en escombro. Cientos de personas
ahogadas y aún vivas al vaciar la marea fueron sepultadas en el mar.
Muchos cuerpos aparecieron enredados en las cayerías. Después para
aumentar la tragedia las tripulaciones de dos navíos de Guerra que
anclaron en el puerto saquearon al pueblo
LEONARDO VILA ARÓSTEGUI
Me correspondió, en función de mensajero de telegrafista, entregar el
último telegrama enviado por el Observatorio Nacional, que reportaba que
el huracán no ofrecía peligro para Santa Cruz del Sur. Yo desconocía que
llevaba un mensaje de muerte. Por lo menos con este telegrama las
familias se fueron a la cama sin el presentimiento de la tragedia y
fueron sorprendidas, en la madrugada, con el amargo beso de las
enfurecidas aguas que ya eran dueñas de las calles y de las viviendas.
ÁNGELA EMILIA SANTANA MONTENEGRO
Ese mismo año 32 había cumplido 14 años de edad. La vida me jugó una
mala pasada. Perdí mi adolescencia y mi juventud. Mis infantiles
ilusiones desaparecieron para siempre. Añoraba un futuro repleto de
felicidad que se amargó en lo más profundo de mi alma. Experimenté un
gran terror al ver destruido, en pocas horas, mi castillo de sueños.
Aquella visión de horror y muerte quedará perpetuada hasta el fin de mi
vida. El mar se tragó a mi pueblo, a mi niñez y a mis sueños. Quedé
traumatizada síquicamente.
FERNANDO GARCÍA VILLARREAL
El devastador huracán del 9 de noviembre de 1932, lo tengo como una
huella imborrable. Fuimos victimas de la mayor tragedia natural en la
historia de nuestro país.
El huracán del 9 de noviembre de 1932 recorrió con rapidez a la
provincia de Camagüey de sur a norte dejando tras de sí una huella de
destrucción, dolor y muerte. Los fuertes vientos, las lluvias y las olas
continuaron buscando nuevas victimas rumbo a las islas Bahamas.
A raíz del meteoro, un profesor de una academia, de apellido
Lavernia, dedicó a Santa Cruz un brillante y patético escrito:
Santa Cruz del Sur
Alegre y risueña, feliz descansabas
Recostada en la hermosa playa de la costa sur
Alegre, porque te esperaba un gran porvenir...
Risueña, porque tus hijos unidos formaban
la riqueza y la alegría del hogar...
Feliz, porque tus hijos anidaban el amor y
confraternidad espiritual
y... ahora
de ti no queda nada, nada, el destino tronchó
Tu vida; tus hijos, unos murieron y otros llevan la muerte en el alma
pero
el recuerdo de los muertos
levantará
En los hijos de Santa Cruz del Sur, que aun tienen
alma y corazón
La fe
Y seguirás nuevamente sonriente, besada
por el Mar Caribe
Santa Cruz del Sur
Recuerda a tus hijos muertos
levántate.
Notas de regferencia
(1) Aunque en el censo de 1931 Santa Cruz del Sur tenía
3 628 habitantes, ya en noviembre de 1932 esa cifra fue superada.
(2) Recipiente de madera de miles de galones de
capacidad, que se llenaban de agua de lluvia. |