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Camagüey: siete leyendas de una
ciudad mágica
Texto y fotos: Lázaro David
Najarro Pujol
Muy
próximo al Casino Campestre se alza majestuoso el Parque de las Leyendas
de Camagüey, cuyo mural es fruto de la mano, entre otros, del artista de
la plástica Joel Jover.
En la instalación cultural se aprecian siete leyendas de la Ciudad de
los Tinajones. La más conocida, tanto en Cuba como en el extranjero, es
la que advierte: “Del tinajón salían las aguas que tomaban lugareños y
visitantes. Decía la tradición que el forastero que las bebiera siempre
volverían al territorio.”
Me causó una gran impresión está patética historia: “Tínima, hija del
cacique, fue obligada a desposarse con un conquistador. Ella se arrojó a
las aguas del río que tomó su nombre”. De la ingratitud de los españoles
surgió otra leyenda del padre de la bella indígena camagüeyana: “El
cacique Camagüebax acogió amablemente a los conquistadores. Ellos le
dieron muerte y lanzaron su cuerpo desde el cerro Tuabaquey en Cubitas.
Su sangre volvió eternamente roja las tierras de la zona.”
Impresionantes
son también estas leyendas: “Tras la muerte en un duelo de su hijo, Don
Manuel Agüero y Ortega se hizo fraile y con parte de sus bienes dotó a
la iglesia de la Merced de numerosas alhajas, entre ellas el Santo
Sepulcro” y “Tras la muerte del benefactor Padre Valencia, los leprosos
del hospital de San Lázaro quedaron abandonados. Un día capturaron allí
un aura blanca y muchos afirmaban que era el alma del fraile que venía a
socórreles.”[1]
Cuenta asimismo una leyenda: “Hacia 1679, el filibustero Granmont
invadió Puerto Príncipe y rapó catorce mujeres. Los vecinos debieron
pagar un elevado rescate por ellas” y se hace referencia en uno de los
murales del parque que: “La hermosa Dolores Rondón[2] rechazó el amor
del barbero y poeta Agustín de Moya y prefirió casarse con un oficial
español. Murió en la pobreza, pero el célebre epitafio sobre su
sepultura iba a inmortalizarla.”
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[1] El Aura Blanca. (Tomado de "Camagüey, de la leyenda y la
historia", Oficina del Historiador de la Ciudad) En mayo de 1860 un ave
blanca apareció entre la bandada de auras que sobrevolaban el hospital
de San Lázaro y la Quinta Simoni.
En junio, el ejemplar fue expuesto en la Casa de Gobierno. Su captor
había sido el doctor José Ramón Simoni Ricardo, director honorífico del
hospital.
Empero, el pueblo creó una tradición inmortalizada por La Avellaneda:
Gozaba el religioso franciscano José de la Cruz Espí (1763 - 1838), el
Padre Valencia, del cariño del pueblo principeño: brindaba servicios,
mediaba en disputas y aconsejaba.
Un día decidió construir un lazareto y lo logró. Era el hospital el
orgullo de la ciudad. Pero he aquí que murió, y llegó la escasez y el
hambre para los míseros leprosos.
Cuentan que las auras tiñosas recorrían ya el abandonado huerto del
hospital, en espera de los cuerpos de los famélicos enfermos.
De repente apareció un ejemplar albino de la especie. El “aura
blanca” se dejó coger mansamente, y hasta dicen que parecía querer
acariciar las llagadas manos de sus captores.
Al día siguiente todo Puerto Príncipe comentaba que el alma del Padre
Valencia, tantas veces invocada en medio de los sufrimientos de los
lazarinos, había bajado a ellos.
El interés general fue tal que se hizo una exposición pública del
ave. Se puso precio a la entrada. Lo recaudado se destinó a aliviar las
perentorias necesidades del hospital.
Con igual propósito fue paseada por el país... Para incrementar la
recaudación, el “aura blanca” fue después rifada. Vendida para seguir
obteniendo el dinero que tanto precisaba el hospital, llegó a Matanzas,
allí la adquirió —en perfecto estado de salud— el sabio naturalista Don
Francisco Ximeno, para su zoológico personal.
Allí murió; y se realizó el trabajo de taxidermia en 1864. Ximeno la
mantuvo entre los ejemplares de su colección hasta 1884, cuando la
vendió al Museo de Historia Natural del Instituto Provincial de Segunda
Enseñanza, donde estuvo casi un siglo, y luego en la librería “El
Pensamiento”.
Hoy se puede ver en el Museo Provincial de la Atenas de Cuba, en el
Palacio de Junco. Este ejemplar albino de la especie Cathartes aura es
uno de los exponentes más antiguos de Cuba.
Menos antiguo, y sin el aura de la leyenda, hay otra aura blanca en
el Museo Provincial de Camagüey.
[2] En una placa de mármol aparecen los versos que varias
generaciones de camagüeyanos han memorizado cual epitafio eterno:
Aquí Dolores Rondón finalizó su carrera.
Ven, Mortal, y considera
las grandezas cuales son:
el orgullo y presunción,
la opulencia y el poder,
todo llega a fenecer,
pues solo se inmortaliza
el mal que se economiza
y el bien que se puede hacer. |