Ciudad de Camagüey, Cuba,

 

Lema de la Radio de Camagüey: "La Radio Camagüeyana en el Corazón del Pueblo"

Página Principal

Datos sobre el Autor
Publicaciones
Géneros Periodísticos
La Radio en Camagüey
Curso de Periodismo Radial
Presentaciones de Libros

Buscar en este sitio

 

Interesante... El Escudo de la Ciudad de Camagüey

Muertos que hablan: una historia real del Camagüey

Por Lázaro David Najarro Pujol

I

Rene Vallina MendozaSon alrededor de las once y cinco de la noche. Es miércoles 8 de octubre de 1958. Nos aproximamos al camino de Curajaya.

Panchito se ha quedado dormido como consecuencia de las torturas, la herida de bala y el agotamiento. Ha transcurrido terribles días. El teniente le dice en voz baja al chofer.

—Ahora, en el primer camino, en el primer callejón, desvíate a la izquierda.

El cabo Eusebio Pérez, que viene conduciendo el auto, disminuye la velocidad. Vengo detrás del chofer y escucho la orden. Pienso: «aquí mismo nos van a matar».

El auto toma a la izquierda y detrás viene el jeep. A unos 300 metros se detiene.

—¡Bájense, rápido!

Los cuatro prisioneros estamos en el auto esposados, mano con mano. Alipio va esposado con Rolando Plaza y yo, con Panchito. El teniente insiste en que nos desmontemos. Voy al último recurso. Les digo a los guardias:

—Es que el herido así, como está, no puede caminar.

El oficial que viste de civil y usa una gorrita deportiva me responde:

—Ayúdense ustedes mismos, si en definitiva van a caminar muy poco. En un bote que hay allí se van a montar. Es un pedacito nada más lo que van a caminar...

—Pero...

—¡Arriba! ¡Arriba, denle para allá! Al paso que llevan, para llegar al bote les va a costar trabajo.

Transcurren unos segundos. Escucho una voz:

—¡Caminen que esto hay que acabarlo pronto!

Realmente mi tío apenas no puede caminar. Se sujeta de mí.

—¡Tú tienes miedo, sobrino!

—No, qué va. ¿Cómo vas a pensar que tengo miedo? Recuerda lo que dice el refrán: «si llega tu día, muere como mueren los hombres».

—Yo tampoco tengo miedo, sobrino.

No le puedo decir la verdad al tío, pero realmente sí tengo miedo, pero por consideración no puedo demostrarle que me estoy muriendo de miedo.

Nos forman a los cuatro. Yo estoy con Panchito a la derecha y ellos dos a la izquierda. Los soldados vienen detrás de nosotros. Caminamos despacio. Alipio Carrillo habla con el sargento, próximo a él:

—Lo que usted va a cometer es un crimen. Pero bueno, yo tengo información de muchas cosas que a usted le pueden interesar...

Mi tío y yo reaccionamos inmediatamente.

—No hables viejo, si ya te van a matar de todas maneras. ¡Cállate la boca!

El muchacho no hace caso...

—Mira, yo sé que en la casa de (...) se reúne...

No pude escuchar el nombre de la persona a que Alipio hace referencia.

—Todo eso lo sé ya. A ver, ¿qué más tú sabes?—grita el sargento.

Le repetimos:

—Muchacho, cállate la boca. De todas formas te van a matar.

—Sargento, mira, yo sé también...

—¡Está bueno ya, carajo!

Palanquean los fusiles. El muchacho trata de correr hacia donde está el sargento.

—Sargento... Sargento...

grupo de revoluconarios camagüeyanosNo puedo precisar lo que dijo Alipio. En el instante que el muchacho hala para correr hacia el sargento, Rolando Plaza, que está esposado a él, queda de perfil hacia los guardias. Suena la primera descarga. Caemos al suelo. Ni una sola bala me da. Los guardias cargan de nuevo los fusiles. Cada peine tiene cinco balas. En el suelo nos siguen tirando. Siento como dos balas me queman la piel. Un tiro me da detrás de la oreja. Otro me roza la pierna derecha, muy cerca de los testículos y un proyectil me da a sedal. Siento como los plomos desprenden la tierra entre mis piernas. Me quedo inmóvil. Un disparo alcanza a Francisco.

La bala le penetra en la cabeza y su cuerpo brinca en la fría y húmeda noche. Estoy lleno de sangre y no precisamente de la mía sino de mi tío. Aún Alipio se queja moribundo aferrado a la vida:

—Sargento... Sargento usted sabe que soy inocente.

Alipio comienza a emitir un sonido imperceptible hasta que finalmente muere.

Los guardias nos viran a los cuatro prisioneros boca arriba y empiezan a revisarnos para darnos el tiro de gracia a los que estamos moribundos. Siento la sangre caliente que me corre por el cuello. La bala se me aloja en el pómulo izquierdo. Tengo calambres.

Un soldado trata de quitarme las esposas a mí y a Francisco. Yo soy el último pero la esposa no abre. Es nueva. Se traba. El guardia me hala el brazo hacia la izquierda y la derecha. Estoy inmóvil. Me hago el muerto. Por fin abre la esposa. Pero el hombre se da cuenta de que respiro y dice:

—Teniente, me parece que éste aún está medio vivo.

—Denle el tiro de gracia a todo el mundo.

El militar procede a cumplir la orden. De allá para acá vuelvo a ser el último. Siento a alguien a mi lado. Escucho que palanquea la pistola. Siento el cañón del arma aún caliente que me lo pega encima de la oreja. Inmediatamente un disparo y el golpe. Pasan unos minutos. No puedo descifrar el tiempo, pero debe ser un lapso insignificante. Vuelvo en mí. Los guardias están ahí todavía.

—Oye, el muchacho tiene una camisa nueva. Vamos a quitársela.

Halan a Alipio. Le quitan la camisa. Le dan patadas a los cuerpos para asegurar que estén muertos. Me muerdo la lengua. Siento el golpe fuerte de la bota. Se me va el aire y emito un sonido. Escucho al guardia.

—Oye teniente, éste está medio vivo todavía.

Un soldado palanquea el fusil. El teniente lo aguanta.

—Está bueno ya. Ni un tiro más. Es suficiente. Vámonos pa’l carajo.

El guardia saca la bala del directo y escucho que se retira de mí. Yo quedo boca arriba con el tiro en la cabeza. Miro las luces de los dos carros. Viran en U en el terraplén y se alejan.

Alguien se para de entre los muertos. Choca con la cerca y cae al suelo. Sin moverme de la posición en que estoy. Le digo bajito:

—Oye, espera que los guardias lleguen a la carretera.

El hombre se incorpora y choca otra vez con la cerca. Cae a la tierra húmeda. «Es Rolando Plaza[1], el chofer». Se recupera y logra pasar entre los alambres. Se mete en un cañaveral.

II

Pino 3Choco dos veces con la cerca de alambre de púa. Estoy como sonámbulo, casi inconsciente. Escucho una voz lejana que pide que espere. Es la voz de René Vallina Mendoza, que también ha sobrevivido al fusilamiento y al tiro de gracia, pero se mantiene tendido cerca de los dos cadáveres. «Son imaginaciones. Tengo que salir de aquí. Los guardias pueden regresar».

Ese es el mi único pensamiento. Aún escucho el sonido del motor del jeep en marcha y las voces de los esbirros que se vanaglorian de sus «hazañas»; también observo el resplandor de las luces del vehículo.

Por fin paso entre los alambres y penetro en el campo de caña. Atravieso potreros y arroyos en los que me voy limpiando las heridas provocadas por los proyectiles. Venzo obstáculos con el apoyo de los campesinos; trato de sacar energías de donde no las tengo para llegar a la casa de mi hermano Raúl, en la colonia La Lomita, a unos 2 kilómetros del central Francisco y a más de 60 kilómetros de Curajaya. Tengo pleno conocimiento de toda esta zona que me facilita evitar encuentros con los guardias que registran la vegetación y los ranchos. Me sorprende el amanecer. Pero prosigo la marcha por la espesura del monte. El cansancio me detiene y me echo a descansar. Tengo fiebre, mucha fiebre. Quedo dormido. Al anochecer y con la fiebre encima, reanudo la caminata.

III

 

Me levanto. « ¿Dónde estará, el chofer?» Salgo caminando. Camino sin rumbo. Subo a la carretera. Toco con las manos el asfalto. «Por la carretera no puedo caminar porque me pueden descubrir.» Retrocedo. Me siento al lado de los dos cadáveres. « ¿Qué haré? Si me quedo aquí me van a matar.» Camino otra vez. «Por este callejón no puedo seguir, tengo que virar.» Retorno hasta el lugar donde están los cadáveres de mis compañeros.

Reviso a mi tío. Trato de levantar el cadáver. Le pongo las manos en la cabeza y los dedos se hunden entre los sesos. Tiene el cráneo destrozado. Una bala le había atravesado el pecho. Halo al muchacho y lo pongo a la orilla de Panchito. Le quito el cinto a mi tío. «Para un recuerdo». Saludo militarmente a los dos. Paso la cerca entre los alambres.

Escucho un caballo. Trato de agarrarlo. El olor a sangre espanta al animal. No tengo otra alternativa que seguir caminando rumbo al norte. Caigo en algo que me moja. « ¿Un charco de agua? ¡Coño, estoy dentro del agua!» Salgo del agua. Camino un poquito. Vuelvo al suelo. Me quedo de rodillas. Me siento sobre la hierba.

Medito: «Concho, a mí me fusilaron. Me dieron un tiro en la cabeza. Debo tener un hueco grande. No tengo valor de tocarme del otro lado de la cabeza para no sentir el boquete que deja el proyectil cuando sale de la carne. ¡Qué carajo!»

Integrantes de la columna 11 del Ejército RebeldeMe paso la mano por la cabeza. Siento un pegote de sangre. «Me han pasado la cabeza de lado a lado. Además, estoy muerto. Pero bueno, si estoy muerto no puedo romper nada; a las cosas materiales no les puede hacer nada si uno es cadáver, pero si estoy vivo sí. Déjame partir un palito.» Busco a tientas. Lo tengo. Lo llevo a los dientes. « ¡Se rompe! ¡Estoy vivo! ¡No me mataron!»Tengo que orientarme. « ¿Para dónde voy? ¿Dónde estoy? ¿Cómo me oriento? ¡Ah, ya sé! Me oriento por las estrellas, los puntos cardinales. La Rastra[2] indica el norte. Voy para Santa Lucía. Voy a caminar ¿Y esas luces? ¿Un batey? Hay una casa muy bonita. Esa debe ser del mayoral o del dueño de la finca. De todas formas, pediré ayuda. Pero si sale el mayoral o el dueño me va a entregar a los guardias. Mejor llamo a los haitianos que viven en el batey. »

Llego a un bohío. Llamo:

—Por favor, necesito ayuda. Estoy gravemente herido.

No sale nadie. Por fin escucho una voz.

—Ahí afuera hay un caballo que es mío. ¡Cójalo y lléveselo! Después lo dejas por ahí.

Trato de agarrar el caballo, pero esta suelto. Me pasa lo mismo que con el otro. La sangre espanta a la bestia. Hago un lazo con el cinto de mí tío. Logro aguantar al caballo. Trato de montar, pero no puedo. Sigo tambaleándome. Camino de un lado para otro. Llego a una cerca. Camino agarrado a los alambres de la cerca. Me caigo. Desde el suelo no veo casi nada, pero observo una luz pequeña. Me levanto y trato de llegar a la luz. «¿Será una casa? Sí, es un ranchito de guano Estoy tendido en el suelo. No tengo fuerzas para levantarme. Camino gateando y agarrado a la cerca.

Me aproximo a la luz. No puedo arrastrarme más. Me siento muy mal. Veo un bulto. Sale de la casa y camina hacia mí. Es un hombre desnudo. Se detiene. « ¿Qué hace? ¿Me va a orinar?»

—Oiga, cuidado, estoy herido.

El hombre da un brinco y se echa a correr.

—Oiga, no corra, coño. Estoy herido. No tenga miedo. Ven acá.

El hombre, un poco cauteloso, regresa.

—Oiga, por favor, ayúdame que estoy herido.

Me hala por debajo de la cerca. Me lleva hasta la casa. Tengo temblores. Un frío tremendo.

—Mire, a mí me hace falta que usted me dé algo caliente. Me estoy muriendo del frío. Hágame un poco de café.

—Es que yo no tengo nada en la casa.

—¿Usted no tiene ahí con qué calentar agua?

—Para calentar agua, sí.

—Bueno, caliente agua y démela.

«Las condiciones de vida de este muchacho son deplorables. Vive con su mujer. Él duerme en una hamaca de saco y la esposa en otra. Una pareja de jóvenes. Deben tener unos 25 años de edad.» Me acuestan en una de las hamacas. La mujer enciende el fogón y calienta agua. Me la dan. El muchacho me observa vestido con el uniforme de la guardia rural. Está nervioso.

—Usted no se puede quedar aquí. Usted aquí no puede amanecer —me dice el muchacho.

—Pero es que yo no puedo caminar casi.

—Sí, pero usted aquí no puede amanecer. ¡Qué va! Yo vivo aquí mismo en la orilla de la cuneta. Si se me muere en la casa qué me hago yo después.

—¿Entonces dónde estamos?

—En la orilla de la carretera de Santa Cruz del Sur.

—Yo creía que estaba en medio de un monte.

—No, qué va. Usted está en la orilla de la carretera de Santa Cruz.

Me levanto de la hamaca. El muchacho me ayuda. Me paro en la puerta. Veo la carretera y del otro lado hay un rancho.

— ¿Quién vive ahí?

—Ahí vive un negro.

—Pero, ¿qué tipo de negro? ¿En qué trabaja? ¿Qué es lo que hace?

—Es tractorista allá en el central.

— ¿Cuántos hijos tiene?

—Tiene como cuatro o cinco hijos.

—Bueno, llévame para allá.

«Ese debe ser un negro muerto de hambre. Este mismo es el hombre que me va a apoyar.»

—Ayúdeme a pasar la carretera.

El muchacho pasa la carretera conmigo. Me deja recostado a la ventana del fogón de la casa del negro.

—Oye, Terry, aquí te busca un guardia lleno de sangre que pregunta por ti.

El muchacho se va corriendo.

IV

Es 9 de octubre. Llego casi sin aliento a la casa de mi hermano Raúl Plaza, pero no me aventuro a tocar la puerta hasta estar seguro que la vivienda no se encuentra vigilada por la guardia rural.

Toco la puerta. Escucho una voz soñolienta. Son casi las 12 de la noche.

—¿Quién es?

— Rolando — respondo casi sin aliento.

— ¿Rolando?

—Sí, tu hermano. Abre rápido que me estoy muriendo.

Raúl se levanta inmediatamente y abre la puerta. Se sorprende al verme casi moribundo, demacrado, tinto en sangre y muy depauperado físicamente a consecuencia de las siete heridas de balas y los golpes recibidos de los guardias.

—Pero, ¿qué te sucedió? ¡Estás herido! ¿Y Ese uniforme del Ejército?

—Sí, anoche me fusilaron en el camino de Curajaya, junto con otros tres. Los guardias me dejaron como muerto. El uniforme me lo dieron en el cuartel Agramonte, en Camagüey, para confundir a la población, para que pensara que éramos soldados y no prisioneros que iban a ser ejecutados.

Raúl me ayuda a entrar a la vivienda. Ya su esposa está levantada. Me limpian las heridas y me dan de comer y beber.

V

Percibo una luz tenue de una chismosa en el interior del rancho. Están levantados. Escucho una voz que viene de dentro del bohío.

— ¿Qué desea? ¿Cuál es su nombre?

— Rene Vallina.

—¿Qué le pasa mi hijo?

—Tengo necesidad de que me ayuden. Estoy herido. Soy un rebelde. Los guardias me fusilaron en el callejón de Curajaya.

— ¿Cómo?

El negro abre la ventana. Sujeta en la mano una chismosa. Estoy lleno de sangre y vestido de guardia.

—No, no tienes problemas. Yo lo voy a llevar pa’ La Jagua, donde está la gente suya que tiene una emboscada puesta a los rebeldes, con una 30. Allí lo van a atender.

— ¿Cómo la gente mía? ¡Con una 30! No, no, no. No puede ser.

—Sí, la gente suya. ¿Usted no es guardia?

—No, yo no soy guardia. ¿Qué voy a ser guardia? Ya no le dije que a mí me fusilaron con otra gente ahí. Mira como yo estoy. ¿Cómo me va a decir que soy guardia?

— ¿Y cómo está vestido de guardia?

Estoy vestido de guardia. Como se me había inflamado la cara y en el bolsillo del uniforme había un pañuelo, me lo amarré al cuello para aliviar el dolor. Es un pañuelo rojo, como los usados por los masferreristas para distinguirse  de los  regulares.

Terry insiste:

—Pero usted es de la gente de Masferrer. Usted es masferrerista [3].

—Qué masferrerista.

—Sí, mire el pañuelo que usan los guardias de Masferrer. El pañuelo colorado.

—Qué pañuelo colorado. Yo no sé de qué color es el pañuelo éste.

Discuto con el negro. Y él no me dejaba hablar. Y le digo:

—Si usted no me va a ayudar, me voy.

Me alejo del rancho. Escucho su voz a mis espaldas.

—Venga acá. Venga acá. Dime la contraseña de la columna.

Le doy la contraseña. El hombre me dice:

—Oiga, yo soy del 26. Venga pa’ acá compadre. Me llamo Luciano Terry Vives.

Me sujeta. Entramos al rancho.

— ¡Quítese la ropa esa, compadre!

Me ayuda a quitar aquel traje de guardia. Me entrega una muda de ropa. Me queda a media pierna. Terry es bajito. Levanta a uno de sus hijos de la cama y me acuesta.

—Usted no tiene na’. Usted lo que tiene es hambre. ¡Oiga, mujer, prepare arroz con bacalao!

Luciano Terry se dirige a mí:

—Usted, espéreme aquí que yo vengo pa’ acá ahora. Voy a buscar un médico.

—No busque médico ni a nadie porque si usted trae un médico aquí, entonces sí que estoy muerto. Yo lo que necesito es un poco de sulfa, de penicilina. Ya con eso resuelvo porque me quita la posible infección.

—Yo tengo que salir. Confíe en mí.

«De todas formas yo estoy liquidado. No tengo otra opción.»

Los rayos del sol se reflejan en el bohío. Es de mañana. Desde el cuarto, escucho sorprendido lo que un hombre le dice a Terry.

—Óigame, Terry, dicen que aparecieron unos muertos en el camino de Curajaya y también dicen que dos de los muertos no aparecieron. Los guardias creen que no murieron na’ y que andan por estos alrededores.

—Sí, hoy los guardias regresaron pa’ ver si los muertos estaban en el mismo lugar donde los habían dejao’ anoche y dicen eso mismo: que faltaban dos. Ya usted sabe, paisano, andan como locos buscando por to’ esto de por aquí.

—Sí, sí. De todo eso se comenta en el batey.

—Bueno, compadre Ciriaco Herrera, si usted encontrara a uno de esos hombres, ¿qué haría?

— ¡Oiga compadre, no me pregunte eso! Lo recojo y lo ayudo.

— ¿Seguro?

—Seguro que lo recojo y lo curo.

— ¡Ah, bueno! Venga pa’ acá.

Los dos hombres penetran en el cuarto. Cuando el otro me ve pone los ojos grandes.

— ¡Pero, compadre! ¿Usted tiene al hombre ese aquí?

—Aquí mismo lo tengo. ¡Me tienes que ayudar!

—Vamos  a buscar un médico.

—No, ustedes no deben buscar un médico. Eso sería muy peligroso. Van a sospechar. Me van a matar a mí y a ustedes. Lo que hace falta es penicilina en polvo, penicilina inyectable y sulfa. La sulfa para echarme en las heridas y la penicilina para evitar la infección.

Convenzo a los dos hombres. El compadre sale a localizar los medicamentos. Terry se queda conmigo. Uno de los hijos del negro viene corriendo.

— ¡Papá! ¡Papá! Por ahí vienen los guardias y están registrando las casas.

Pero el negro Ferry, me ayuda a levantar de la cama y me lleva hasta la parte trasera de la cocina, donde hay una tierra arada. Saca a los muchachos y les indica:

—Ustedes, váyanse pa’ lla’ pa’ la carretera y pónganse a jugar pelota. Si ustedes ven que los guardias se bajan, salgan corriendo pa’ ca’ pal rancho. ¡Vamos, rápido, a jugar pelota pa’ la carrera!

Esa es la señal.

El vehículo viene muy despacio. Los casquitos miran para ambos lados de la carretera. Paran y registran las casas.

Luciano Terry y toda aquella gente están en una situación peligrosa para sus vidas. « ¡Esos cabrones nos van a matar a todos!» Miro ansioso a lado y lado, esquivando el miedo y la proximidad de la muerte.

Los soldados continúan registrando la ranchería en mi busca y en busca de Rolando Plaza. Los guardias están cerca del rancho de Luciano Terry. Observan a los muchachos jugando.

«Si, los guardias vienen, me van a matar aquí mismo en la tierra arada.» El jeep se aproxima despacio. Las manos me sudan. El resto de mi cuerpo suda también copiosamente. El sudor penetra en las heridas. Siento ardor en la piel rasgada. Por fin el jeep pasa. No sospechan.

Poco después el compadre viene sudoroso y asustado, pero trae en sus manos las medicinas solicitadas. Me inyectan y echan sulfa en las heridas.

Me sirven comida, pero no tengo deseos de ingerir alimentos.

—A este hombre hay que sacarlo urgente de aquí. Esto es muy peligroso. Hay que trasladarlo pa’ otra casa.

Francisco MendozaEs de noche, los compañeros del Movimiento 26 de Julio deciden llevarme para la vivienda de Felipe Guerra. Se dice que es un concejal de Fulgencio Batista que colabora con los revolucionarios. Los campesinos de la zona me dejan en un cayito de marabú. Hay mucho fango. Los puercos escarbando aquí han revuelto la tierra. El escondite está pegado a la casa de Felipe. « ¡Coño! En cualquier momento me van a ver. A esa casa entra y sale mucha gente.» Por fin aparece alguien que me ayuda.

—Óigame, de aquí ustedes me tienen que sacar. Aquí no puedo seguir porque está entrando mucha gente.

—Sí, es verdad. Esta noche vamos a ver si te sacamos. Después te traigo la respuesta.

«El hombre se demora. No llega ¿Qué pasará?» Transcurren unas horas, Me impaciento. «Al fin viene.»

— ¡Hombre, me tenias preocupado ya! ¿Qué respuesta me tienes?

—Hablamos con Ángel Núñez, un campesino que tiene una finca en Arroyo Blanco. Esta noche te vamos a llevar pa’ allá.

La gente continúa saliendo y entrando a la casa de Felipe. En ese trajín se va la tarde. La impaciencia aumenta. Al oscurecer me montan a la zanca en un caballo. Atravesamos potreros. Se pican cercas y salimos a la finca de Ángel Núñez. El hombre, montado en un caballo, me espera en el sitio convenido. Me cambio de bestia. Los que me trajeron regresan y continúo con el campesino.

Me lleva para un campo de caña ubicado a prudencial distancia de su casa. Me preparan un poco de paja en el suelo. Tienden unos sacos. Amarran los cogollos por arriba para evitar que los aviones de reconocimientos me localicen.

VI

Es 11 de octubre. Mi hermano Raúl envía un mensaje a su cuñado Gerardo Pedro Cordero Ramos: «Requerimos urgente tu presencia en la Colonia. Aquí te explicaremos.»

Nos cuenta que la propia mañana del día 10, tomó el camino más rápido, tomó un camino paralelo a la línea del ferrocarril. Él funge como carretero en la temporada de zafra azucarera, mientras que en tiempo muerto realiza las tareas que se le presenten.

La vivienda de Raúl, de paredes de tablas, techo de zinc y piso de cemento, es bastante confortable para el sitio y la época. Raúl se desempeña como segundo mayoral de la colonia cañera de San Alberto. Es una persona que no tiene vínculos con los rebeldes, pero tampoco simpatiza con los batistianos.

A unos metros de la vivienda improvisan, en el cañaveral, una cama montada en parihuela, rellenada de hierbas, bejucos y hojas. Arriba de ese lecho depositan una capa de cogollos que sirve de camuflaje.

No obstante es necesario sacarme de allí herido como estaba, para evitar riesgos.

Desde el escondite observo el encuentro de Raúl y Gerardo con el primer mayoral.

—Malunga, ven acá. Queremos hablar con usted.

El hombre se aproxima, se baja del caballo y los saluda efusivamente. Escucho la conversación, aunque nítidamente.

—Mira, Malungo, a mi hermano Rolando, lo tenemos ahí herido.

—¿Herido?

—Sí, herido, tiroteado. Tiene siete heridas de bala. Los esbirros del general Fulgencio Batista, lo «fusilaron» anteayer, pero sobrevivió.

— ¿Cómo? ¿Tiroteado? ¿Fusilado?

El mayoral se muestra pálido, nervioso. Sin decir ni una sola palabra monta nuevamente el caballo e hinca las espuelas a la bestia y se aleja como un rayo. Él está casado con mi hermana Blanca. Tenemos plena confianza en el cuñado.

VII

Veía pasar las avionetas, a veces para el sur, a veces para el norte. O de este a oeste y viceversa. Me inyectan. Me limpian las heridas. Me preparan caldos de pollo. Les pido que me visiten una sola vez al día para evitar sospechas.

« ¿Cómo saldré de esto? ¿Podré sobrevivir? »

Comienzo a reanimarme. Pasan los días lentamente. Primero la mañana, después la tarde y por último la noche. Transcurren quince largos días, quince días de meditaciones. Una tarde le digo al campesino:

—Mire, hace falta que a través del Movimiento 26 de Julio traten de hacer contacto con Panchito Peña que está por esta zona. No sé por dónde, pero los rebeldes deben estar por el Francisco. Dígale que Rene Vallina, está con usted,

—No se preocupe, nosotros vamos a tratar de contactar con los rebeldes.

Los campesinos localizan a Peña. Coordinan con él. Por fin Felipe me dice:

—Te vamos a llevar para donde está tu gente.

Me monto con Felipe en su jeep y partimos rumbo al sur. El vehículo transita por un polvoriento terraplén. La tierra blanca se me aloja en los cabellos. Me lleva para una tienda ubicada en Los Macutos, al norte del batey del central Macareño. Felipe me entrega un cuchillo.

El médico llega a la bodega para atenderme. Me revisa las heridas. Observa el lugar donde está alojada la bala.

—Mire, si lo opera aquí, en el monte, puede perder la vista de ese ojo. Esa es una decisión que usted, debe asumir.

—Bueno, médico, ¿y si no me opero, qué pasa? ¿No me muero?

—No. No te mueres. Pero sí tendrás dolores de cabeza.

— Bueno, pues, no me voy a arriesgar a perder un ojo. Como dice el refrán: Más vale dolor de brazo que no de corazón. Si no hay problemas, me operaré en el momento que existan las condiciones.

Mientras converso con el médico llega un camión que transporta guardias. Los casquitos se bajan. El bodeguero me dice:

—¡Vamos pa’ la trastienda! Aquí no puede quedarse.

—¡Apúrense! —dice el médico.

Me esconde en la trastienda.

—Ni te preocupes. Tú verás como entretengo a esos cabrones.

El bodeguero brinda a los guardias galletas y dulce de guayaba. Deposita encima del mostrador dos botellas de ron. Los guardias miran hacia el fondo de la bodega. Los inoportunos visitantes piden cigarros y fósforos. Fuman, comen y beben gratuitamente. Montan en el camión y se marchan. Los vehículos dejan, a su paso, una nube de polvo blanco.

Entonces, Felipe arranca el jeep y también se aleja, pero en sentido contrario a los guardias.

Ahora viene una espera intensa, como mi mayor enfermedad, aún más grave que el plomo que desde aquel trágico 8 de octubre transporto y transportaré por mucho  tiempo en mi cabeza, hasta que termine esta guerra o pueda salir del monte.

VIII

Noto preocupado a mi hermano Raúl y a su acompañante. No tengo fuerzas para levantarme. El mayoral ha salido como un trueno al conocer de mi presencia. «No creo que nuestro propio cuñado nos vaya a delatar». Pienso para sí.

Los dos están muy pálidos y preocupados. Al instante comienzan a preparar las condiciones. Tiene que trasladarme. Transcurren 30 minutos. Vemos un jinete que se dirige al pequeño monte. Es el Mayoral, que regresa. El hombre se sobrepuso al susto. Brinda su finca para esconderme.

Gerardo me recoge. Es evidente que el Servicio de Inteligencia Militar sospeche de los Plaza Zayas, de los Cordero Ramos y de todos los vinculados con a nuestras familias.

Me lleva en la zanca del caballo a San Alberto 2. Es de noche. Llueve intensamente. Los rebeldes, que radican en la zona, han tiroteado el cuartel del central Francisco. Esa operación de las fuerzas rebeldes moviliza a muchos soldados en todos los alrededores del ingenio azucarero. 

Aproximadamente a las 5 de la madrugada del día 11 llegamos a la casa del Chino, en San Alberto 2, donde existen condiciones para esconderme. Ya no llueve. A unos pocos metros del bohío, mi cuñado Gerardo me pide que lo espere unos minutos, alejado del bohío para comprobar si están creadas las condiciones.

Me cuenta que para su sorpresa se encontró en la casa a un chivato, conocido por Bartola. El hombre está allí esperando que mejoren las condiciones del tiempo. El Chino está muy nervioso.

Tienen que opta por una segunda variante. Deciden, a esa hora, llevarme  hacia la zona de San Alberto 1, donde él vive.

Tomamos nuevamente el camino adverso. El caballo, en la curva del 90, resbala peligrosamente. Es un tramo de mucho fango. Tanto Gerardo como yo estamos completamente cubiertos de fango. La guardarraya se encuentra en pésimas condiciones, el caballo se cae y con él, nosotros dos.

Hay que recorrer alrededor de 4 kilómetros de camino malo. Nos parece mucha distancia. El caballo, con la ayuda de Gerardo, se levanta, pero no me puede montar en encima del animal. La fuerza me falla. Me encuentro muy débil y todo movimiento me molesta. Siento un frío intenso. Nos sorprende el amanecer. Entre dos luces (la luna y el sol), llegamos a la casa. La vivienda está montada en pilotes y con paredes y piso de tablas, y techo de fibrocemento. El batey agrupa alrededor de 80 casas, cuarterías, barracones de haitianos, bohíos, ranchos y una tienda mixta.

Un poco más retirado del batey, a unos 3 kilómetros, reside Maximino Zequeira. Muy próximo a la casita del campesino hay un pequeño monte y una mata de caña bambú. Ese es el sitio que propone Malunga, el mayoral.

Gerardo se convierte en el enlace entre el médico y yo. El facultativo, sin consultarme directamente, indica los medicamentos. Ni el propio Gerardo puede llegar donde estoy para no levantar sospecha. Muy pocas veces converso con mi cuñado. El dueño de la casa se encarga de darme los medicamentos. Cura mis heridas, de las que saca pedazos de telas. Los días corren.

Hoy es 20 de diciembre de 1958. Dejan de suminístrame medicamentos. Este mismo día se produce un combate en el kilómetro 6 de la carretera del central Francisco, entre soldados de la tiranía y fuerzas rebeldes. Hay en todas las colonias cañeras, un hormiguero de guardias. La aviación ametralla la zona. Pierdo el contacto con mi cuñado Gerardo Pedro. Me sorprende el 1ro de enero de 1959. Ha triunfado la Revolución y aún me ([4) recupero de las heridas.

IX

En la ciudad observo movimiento de milicianos y combatientes del Ejército Rebelde. Algunos automóviles pasan raudos por la calle Avellaneda. Una vía muy transitada durante todo el día. Los trenes de pasajeros y de carga interrumpen el cruce de los vehículos. Tocan en mi despacho.

—¡Adelante!

Tengo frente a mí a un combatiente que me saluda militarmente.

— ¿Usted es René Vallina?

— ¡A sus órdenes!

— Traigo un mensaje de la jefatura para usted.

Recibo el documento. «Preséntese urgente en la Comandancia. Saludos: Víctor Mora.»

«De qué se tratará. Qué estará pasando.»

Inmediatamente monto en el auto. Llegó al antiguo regimiento Agramonte y me dirijo directamente al despacho de Víctor Mora. « ¿Para qué me habrá mandado a buscar? »

Llego a su despacho. Le explico al combatiente que me recibe que tengo concertada una entrevista con Víctor Mora.

—Lo buscan, comandante.

—Sí, sí. Que pase.

Me doy cuenta por el tono de su voz que sabe que se trata de mi persona. Nos saludamos.

— ¿Cómo te las arreglas en la estación?

—Tratando de cumplir esta nueva responsabilidad, pero bueno, debes tener otras razones para enviar por mí, ¿verdad?

—Mire, Vallina. Le tengo una sorpresa ¿Usted recuerda al sargento que los fusiló?

— ¡Cómo se me va a olvidar! Usted comprende, ¿verdad?

—Pues ese sargento está aquí. Muy tranquilo. Confiado en que usted no podrá hacer el cuento. Lo voy a mandar a buscar para que personalmente lo coja preso. Baje para allá, que lo voy a localizar por la amplificación.

En el regimiento Agramonte están concentrados todos los guardias de las diferentes capitanías. Se escucha el llamado por la amplificación local.

«Al sargento Luis Cervantes, de parte del comandante Víctor Mora que se persone en su despacho.»

El uniformado sale de entre los demás guardias. Estoy esperando en un lugar por donde el sargento tiene que pasar obligatoriamente. Está cerca. No nota mi presencia.

— ¡Oiga, sargento, venga acá!

—Un momento, que me está llamando el comandante.

—No es el comandante el que lo busca. Soy yo el que lo estoy llamando. ¡Venga acá!

Se para frente a mí. Se pone en atención y saluda militarmente.

— ¿Usted no me conoce?—le digo.

— ¡No! Bueno, no sé. Usted está pelú... Con sombrero... Realmente no lo conozco o no me parece conocido. Es que uno tropieza con tanta gente cada día, que ahora no puedo afirmar si lo he visto en otra ocasión.

Le pongo la ametralladora en el estómago y le digo.

— ¿Usted no se acuerda de los muertos de Curajaya? Yo estaba entre los fusilados.

El sargento da un brinco hacia atrás. Palidece.

— ¡Los muertos de Curajaya! ¡Sí, pero no era yo solo!

—Yo sé que no eras tú solo...

—Por favor, no me dispare.

No tengas miedo, que nosotros no actuamos como ustedes. No somos asesinos. Estás preso. Ven conmigo.

Lo llevo para el calabozo.

—Entra ahí. En este mismo lugar nos trancaron a nosotros. Espera el juicio aquí.

Unos días después de aquel encuentro recibo la comunicación de que el cabo Eusebio Pérez se encuentra preso en la Comandancia. Decido visitarlo. Está en un calabozo pequeño junto a otros 30 guardias. Lo llamo por el nombre:

— ¡Eusebio Pérez!

— ¡Eh, aquí!

El cabo se me acerca riéndose. Me extiende la mano.

—Y ven acá, chico, ¿de qué te ríes? ¿Tú me conoces?

— ¡No, pero bueno!

— ¡Mire, Eusebio, yo soy uno de los muertos de Curajaya!

Los guardias se separan rápido del cabo. Se pegan a la pared. Eusebio se queda solo en el centro del calabozo. Petrificado por la sorpresa. Por el rostro de los guardias me percato que están pensando que los voy a matar a todos.

—No se preocupen. Yo no voy a matar a nadie aquí. Este va para juicio. Hasta luego.

Me marcho. Me orientan que no visitara al teniente Alejo Pío.

Llega el día del juicio. En la primera fila de la Sala de lo Penal están sentados los acusados. Un poco más allá, los familiares y amistades de los detenidos.

Rolando Plaza y yo nos sentamos detrás de los tres esbirros. El fiscal da a conocer los cargos. El juicio se desarrolla y los tres acusados tratan de justificar el asesinato de Curajaya. Alejo Pío afirma categóricamente:

—Desconozco de lo que me acusan. Imposible que yo haya participado en el crimen. Jamás he estado en Curajaya. Ustedes están equivocados.

El presidente del tribunal, Francisco Cabrera, se dirige al teniente.

—Acusado, ¿nunca se ha preguntado si quedaran vivos algunos de aquellos hombres? ¿Y si uno de los supuestos muertos lo acusara a usted del crimen, qué respondería?

Se observa una sonrisa burlona en el rostro del esbirro. En tono de triunfo responde:

—Nada, porque ningún muerto me puede acusar. Los muertos no hablan.

—Es verdad, usted tiene razón. Los muertos no hablan. Pero en este caso no se trata de una persona muerta, sino de una persona que estaba allí, en el lugar del crimen, y que ahora se encuentra aquí, precisamente muy cerca de usted. Observe. ¿Los ciudadanos que están detrás de usted están muertos?

Todos en la sala observan hacia el lugar que Francisco Cabrera señala con el dedo. Ante las miradas del público nos ponemos de pie. El teniente gira lentamente su cuerpo, aún con el asombro en sus ojos, hacia donde está Rolando Plaza[5] y hacia donde estoy yo. Por la expresión de su rostro me doy cuenta de la sorpresa. Acaba de ver a dos de los cuatro prisioneros ametrallados en el camino de Curajaya. Quedamos frente a frente. No es una alucinación. Es la realidad. Estamos aquí para atestiguar sobre aquel crimen. Un silencio total. El esbirro comienza a sudar. No se puede sostener. Se desploma. Todos en la sala se miran estupefactos.

El sargento y el cabo lo levantan del piso. Lo dejan de sujetar. El hombre se desploma nuevamente.

Luis Cervantes le grita a aquel que había sido el responsable directo  y partícipe en el asesinato de aquella pálida noche del 8 de octubre de 1958:

— ¡Teniente, pórtese como un hombre! Es verdad que nosotros cometimos esos crímenes y tenemos que responder por ellos. Pero tenemos que responder como hombres. ¡Pórtese como tal!

El sargento y el cabo sujetan al teniente que no puede sostenerse sobre sus propios pies.

Notas

[1] Rolando Plaza Zayas, ex chofer de Obras Públicas de Florida, recibió seis balazos en el fusilamiento: dos en el estómago, uno en el hombro derecho y tres en las piernas. El tiro de gracia se lo dio Luis Cervantes, en el pómulo derecho.

[2] Se Refiere a la Estrella Polar, visible desde el hemisferio norte y la más cercana al punto del eje que se dirige a la Tierra. Está situada a unos 300 años luz de nuestro planeta. Es fácil localizarla en el cielo porque la señalan dos estrellas identificables de la constelación Osa Mayor o Carro Mayor, integrada por las siete estrellas más brillantes de la constelación, dos de ellas indican directamente a la Estrella Polar. Se localiza primero la Osa Mayor.

[3]  Rolando Masferrer. Ocupó el puesto de senador. Organizó un ejército paramilitar de asesinos que operaba por todo el país.

([4]) Del fusilamiento muy pocas personas han sobrevivido. Se conoce el caso de René Vallina Mendoza, junto a Rolando Plazas Zayas; Henry Reeve, el Ingresito, en la Guerra por nuestra independencia de España, y de otros dos combatientes en la última guerra de liberación. Rolando Plazas Zayas, después del triunfo de la Revolución murió heroicamente en un trágico accidente, como consecuencia de quemaduras, sufridas en el intento de sacar un camión pipa de combustible incendiado, en la comunidad de Sola, en 1978.

 [5] Rolando Plaza Zayas, con la ayuda de los campesinos logró escapar. Llegó a la casa de su hermano, en el entonces central Francisco, donde se recuperó de sus heridas. Después del triunfo de la Revolución murió heroicamente  en un trágico accidente, como consecuencia de quemaduras, sufridas en el intento de sacar un camión pipa de combustible incendiado, en la comunidad de Sola, en 1978.

 

Será en la ciudad de Camaguey del 5 al 7de noviembre la IV Edición del Encuentro Territorial con la Declamación

Camilo acompaña al Che en la Plaza de la Revolución

Dan a conocer premios del Concurso Anual de Literatura “Rolando Escardó in memoriam”

Emite declaración de inconformidad y aliento Movimiento de Solidaridad “Cinco por los Cinco”, de la Universidad de Camagüey

Concurso XX aniversario del taller literario “Nicolás Guillén”

Camagüey: Polo turístico de Santa Lucía. Un entorno natural y paradisíaco

Festejan aniversario 35 de vida artística del pintor camagüeyano Orestes Larios  

Orestes Larios Zaak (Larios): 35 años en las Artes Plásticas

Un concierto de siglo...un concierto de Paz Sin Fronteras

Nueva información sobre el concierto Paz sin Fronteras

Convocan al primer encuentro internacionalista contra el golpe de estado y por la asamblea nacional constituyente en honduras. 

Regresa a Cuba Flamenca luego de su exitoso estreno

Póstumo tributo de Cuba  a uno de sus indiscutibles líderes

Tributo de los camagüeyanos al Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque

Alarcón: Obama tiene el deber de liberar a los Cinco

Miles de jóvenes en Camagüey exigen libertad para Los Cinco

Falleció el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque

 Artistas cubanos exigen inmediata liberación de Los Cinco

Playa Bibijagua: un encanto en el Mar Caribe

Allanamiento fallido de Radio Todas Las Voces

Foto del Mes: Monumento a Carlos Manuel de Céspedes

Entrevista con el escritor uruguayo Eduardo Galeano: La presencia norteamericana en bases militares de Colombia

Fidel y Correa dialogan en La Habana

El Club Bilderberg: quienes gobiernan detrás de las sombras

Saluda al Comandante Fidel Castro Ruz CASA CARIBE DE SOLIDARIDAD de la Republica de Colombia

Nuevitas: ciudad de columnas predominantes y hermosos vitrales

Foto del mes Club Cienfuegos

Rodas pide medidas más enérgicas de EEUU contra golpistas

Los hechizantes paisajes del Golfo de Guacanayabo

Felicita Raúl al pueblo holguinero en multitudinario acto

CNN: Otto Reich es el mejor

Ultiman detalles en Holguín para el acto del 26 de Julio

Convocatoria al Encuentro Internacional de Solidaridad contra el golpe en Honduras y los pueblos del ALBA

Expone en universidad de Turquía artista de la plástica cubana

La democracia de Roberto Micheletti: una democracia de cáscara vacía

Base militar de EEUU actuó en golpe de Honduras

Santiago de Cuba vivirá el esplendor de variados ritmos caribeños

Plaza de los trabajadores de la ciudad de Camagüey

La Asociación Aipazcomun Suiza exige respeto por la vida del caricaturista Allan Mcdonald

Llamamiento de la Unión de Periodistas de Cuba 

Movilización intelectual contra un fallo vergonzoso

Participa artesana camagüeyana en el XXVIII  Congreso Internacional de la Asociación de Estudios Latinoamericanos

Foto del mes: Plaza Guerrillero Heroico. Nueva Gerona, Isla de la Juventud

Sala Nuevo Mundo: espacio para la reflexión del Séptimo Arte

Proponen periodistas cubanos estrategias en Frente Común en la batalla de ideas

Che, el argentino, ante la mirada crítica de los protagonistas reales

Heredia más allá del destierro

Abogan escritores y artistas camagüeyanos por la preservación y difusión de los genuinos valores culturales y artísticos del pueblo cubano 

La Mitad de los Cristales: una reflexión a cuatro manos

Fotos del mes: Monumento a el Mayor General Ignacio Agramonte en la Plaza de la Revolución que lleva su nombre en Camagüey

Cuba y Rusia hermanados este Primero de Mayo en Camagüey

La Solidaridad venezolana presente en la plaza camagüeyana

Camagüey, este  Día Internacional de los Trabajadores, evocó al Comandante Camilo Cienfuegos 

Camagüey está de fiesta este 1ro de Mayo: Día Internacional de los Trabajadores

Primer concurso internacional “un post sobre el audiovisual cubano”

Internet y el Racismo 

Se distingue en Republica Dominicana prestigiosa artesana y pintora camagüeyana

Cuba: La gran ausente PRESENTE de la Cumbre de las Américas

Continúa en la subsede Camagüey Séptima Edición del Festival Internacional de Cine Pobre “Humberto Solás”

Cienfuegos: una ciudad bella y funcional

Convocan a humoristas de Cuba y el mundo a resolver operación matemática Cinco + uno

Proyecta la UNEAC en Camagüey acciones culturales en la sede de la institución 

Santa Clara santa, entre las nominaciones al Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”

 

 Foto del mes: Plaza Mayor de la villa de Trinidad

 

Finalizó en Camagüey IV Festival de la Trova ILESA 

 

Agasajo  en Camagüey por el Día Internacional del Teatro  

 

Santa Cruz del Sur: Un tesoro natural por descubrir

 

Necrópolis de la barriada de Reina: verdadero tesoro del arte estatuario en bajo relieve

 

Isla de la Juventud: paisaje mágico para la fotografía submarina 

Cuba: Un iceberg llamado Jardines del Rey

Día de la prensa cubana: 117 años de soldadesco periodismo cubano

Se caracteriza XVI Taller Nacional de Critica Cinematográfica por variadas ofertas fílmicas y teóricas  

Santísima Trinidad de Cuba: entre los conjuntos arquitectónicos más completos y conservados del continente americano

Sesiona en Camagüey XVI Taller Nacional de Crítica Cinematográfica

Havana Club: el ron más famoso de Cuba

Foto del mes Benny Moré

Valle de los Ingenios de Trinidad: vigía del tiempo

Santa Cruz del Sur: Merecida sede del acto Nacional por el Día del Instructor de Arte

Cuba: La protección de sitios declarados Patrimoniales

San Juan de los Remedios: mitos, naturaleza y tradiciones culturales e historia

Nueva librería-biblioteca en la sede de la UNEAC en Camagüey

Oscar Rodríguez Lasseria y El Silencio de los ruiseñores 

Proclaman área del Centro Histórico Urbano de la Ciudad de Camagüey Patrimonio Cultural de la Humanidad

Santa María, una villa 495 años más joven

Fotos del mes: Simultánea de Ajedrez en Camagüey

Grupo dramático “Nino Moncada” de Camagüey. La magia de transmitir alegría, dolor, decepción o ternura

Camagüey: Patrimonio Cultural de la Humanidad: más que referenciar a una ciudad se honra a Cuba entera

"Combatientes del Mayor": un reconocimiento a los integrantes del batallón Gloria Combativa de Camagüey

Recuerdan camagüeyanos primera señal de radio en la localidad

Exhibe comunidad universitaria camagüeyana  documental “pasión y tinta”

Camagüebax: cinco años en el ciberespacio

 

Editor de este sitio Camagüebax con músicos indígenas

 

Conceden al artista de la plástica Gabriel Gutiérrez Vázquez el Premio del Salón de Arte Contemporáneo, Camagüey 2008

 

En Camaguey: exposición personal "Libertad con Libertad: Cuba-Argentina" de Silvia Barrios

 

Ofrece concierto en la capital agramontina grupo musical Hierro y cristal

 

La capitana Rosa la Bayamesa:

Leyenda y símbolo del Ejército Libertador Cubano

 

Dan a conocer premios y menciones del Salón Nacional de Humorismo Tintaenpie 2008

 

Monumento a Rosa Castellanos Castellanos

 

Realizará la orquesta de charanga Maravilla de Florida Gran Concierto el 14 de diciembre

 

Ciudad, un poema de la poetisa camagüeyana Mariela Peña Seguí

 

Estadísticas:  Visitas a este sitio en el mes de noviembre 2008

 

Asistió Raúl Castro, presidente de Cuba a beatificación del fraile juanino José Olallo

 

Muertos que hablan: Una historia real del Camagüey

Transcurre en Camagüey Primer Festival de Video Arte 2008 con la presencia de creaciones de 12 países.

En soporte digital libro Viaje a la Isla Azul

Galería de fotos Huracán Paloma en Santa Cruz del Sur

Hasta el 8 del actual noviembre en Camagüey Encuentro con la Declamación

Las intimidades de Carlos Bustillos en Camagüey

Las seductoras Brujas del Camagüey hechizan a lugareños y foráneos

Festejan en Camagüey como en toda la isla el Día de la Cultura Cubana

Gran concierto en homenaje Rosita Fornés en el Anfiteatro de La Habana

Reconoce presidente del Consejo de Defensa Provincial desempeño periodistas camagüeyanos

Obtiene estudiante camagüeyano de periodismo premio especial del concurso nacional 26 de Julio

Viaje a la Isla Azul

Premier en Camagüey como en otras capitales provinciales del filme cubano Kangamba

Ofrenda fílmica a los héroes de Cangamba: nueva película cubana

Recibió Presidente Cubano Raúl Castro a Hugo Chávez

Ratifica Presidente cubano confianza en el pueblo: vamos a recuperar todo lo que teníamos

Intelectuales de Camagüey reclaman cese del bloqueo

Recorre Presidente cubano Raúl Castro zonas afectadas en la Isla de la Juventud

Consternación en Cuba por deceso del Humberto Solás

Información oficial de datos preliminares sobre los daños ocasionados  por los huracanes Gustav e Ike

Declaración del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba

Nueva Facultad de Periodismo y Comunicación Social en la Universidad de Camagüey

Raúl y Lula conversan telefónicamente

Sufre economía cubana duro golpe por azote de huracanes dijo en Camagüey vicepresidente cubano

Recibe Raúl al Presidente de Timor Leste

Rechaza Corte de Atlanta apelación en caso de los Cinco

Por dinero los mercenarios juegan hasta con la vida de los cubanos

Presentan en Camagüey el libro Daniel Comandante del llano y de la Sierra

La fuente informativa: un factor indispensable en relación a la calidad de la noticia

 

Convoca el ICAP IV Coloquio Internacional por la liberación de los Cinco y contra el terrorismo

Obtiene Cuba medalla de plata en Béisbol

Rememoran en provincia cubana de Camagüey primera graduación de licenciados en periodismo

Seguro de su victoria en las Olimpiadas de BEIJING,  gladiador cubano Yandro Miguel Quintana Ribalta

Envía fraternal saludo a Fidel por su cumpleaños Casa Caribe de la Republica de Colombia

Pedro Guerra: El hombre del laberinto de Las Doce Leguas

¡Evo ratificado con el 63 por ciento!

Pescadores camaroneros de Santa Cruz del Sur: Velar las noches

Llamado del Comité Internacional por la libertad de los CINCO

Noticiero radiofónico: un generador de imágenes e imaginación

Premio Pisto Manchego 2008 para periodista de la TV de Camagüey

Satisfechos televidentes de provincia cubana con prácticas de estudiantes de Periodismo

La mayor pasión de la cubana Dayana Cardona: estudiar Periodismo

Cruz Roja camagüeyana al servicio de la comunidad

Pide periodista cubana al Fiscal General de Estados Unidos conceda reencuentro a Olga y Adriana

Perpetuidad o Apocalipsis de la radiodifusión

Realiza Escuela de Comunicación Social seminario internacional

Desde Bolivia se defiende la verdad de Cuba: Pronunciamiento de la opinión pública

La mujer, inspiración de artesanos artistas en Camagüey

Estudiantes de la Universidad de Camagüey estarán  como delegados al congreso

Participaron más de 70 programas en Festival Nacional de la Radio Universitaria

Columna 12 “Simón Bolívar”: Ataque a Manatí

Abogan en Venezuela por ética periodística

Máximo Gómez y su vínculo con Santa Cruz del Sur

En Camagüey: ¡De lo real a lo Maravilloso!, 60 años

Será del 17 al 23 del actual marzo semana de la cultura santacruceña

Marzo de periodistas y libros

 

Comprometidos periodistas de la radiodifusión camagüeyana a defender la verdad de la Revolución

 

Envía Fidel mensaje a Congreso de la FEEM

La visita de Chávez

El único perdedor

El Tribunal Penal Internacional

La amenaza de la muerte del libro llega de nuevo, ¿esta vez de verdad?

Inauguran en la ciudad de Camagüey, galería taller Larios

Inmersos periodistas camagüeyanos en diversas actividades por el Día de la Prensa Cubana

Denuncia Fidel Castro monstruoso crimen del imperialismo en Ecuador

Recibe Raúl al Presidente de Mozambique

La marcha prematura

Supersticiosos

Firma de Pactos de Derechos Humanos es un acto soberano de Cuba

Un periodista preso en Guantánamo

Recibe Raúl al Cardenal Tarcisio Bertone

El desestabilizador ejemplo cubano

El bloqueo es injusto y éticamente inaceptable

Raúl Castro Ruz elegido como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros

Cierre exitoso de la Trigésima edición del Festival provincial de la radio en Camagüey

Evocan fundación de la emisora cubana Radio Rebelde hace medio siglo

Martí en el siglo XIX avizoró a Fidel

Reconocen desempeño de estudiantes de periodismo de Camagüey en la práctica laboral

Mensaje del Comandante en Jefe

Examinan radialistas camagüeyanos su desempeño en 2007

En el Día de los enamorados: Poesía de amor

Los estudiantes cubanos denuncian que han sido manipulados: desmienten detención

Comenzó ciclo de postgrado de periodismo radiofónico en emisoras camagüeyanas

Aires nuevos en las emisoras de radio de Camagüey

Inaugurada en Camagüey exposición La  casa de los muñecos Carsueños

El lema del VIII Congreso de la UPEC: Conocer, reflexionar, informar 

Cierran escritores y artistas camagüeyanos fructifica etapa de diez años de trabajo

Presentada trilogía de documentales sobre el periodista camagüeyano Luis Suardíaz

Sesión final del VIII Congreso de la UPEC los días 13 y 14 de junio

Aniversario 155 del natalicio de José Martí: Latinoamérica en la hora del recuento, y de la marcha unida

Constituidas las 15 comisiones de trabajo del VIII Congreso de la UPEC 

Vinculados a la profesión estudiantes de periodismo de universidad cubana de Camagüey

 

Estudiantes de Periodismo entre los mejores en la preparación para la defensa

 

Cuba: Votó más del 95 por ciento de los electores

 

Publican libro Sueños y turbonadas

 

Fidel está muy bien de salud y con una lucidez increíble

 

La danza de El País contra el Ballet Nacional de Cuba

 

Camagüebax: cuatro años en el ciberespacio

 

Nace la Wikilengua para resolver dudas sobre el uso del español

 

EE.UU.: el mundo no cabe en la pantalla chica

 

Constatan preparativos asamblea balance de la UNEAC en Camagüey

 

La espera: encuentro con Che Guevara

 

En soporte digital el libro Tiro de gracia

 

Juan Alberto: El pescador de los laberintos

 

Danielle Miterrand llama a salvar proceso democrático boliviano

 

Reconocen en Camagüey a profesionales de la prensa que imparten docencia

 

 Iniciado en Camagüey proceso de base de balance de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba

 

 Visión del festival de cine Latinoamericano

 

A nuestros maestros, profesores… hoy, todo el cariño

 

Cuarenta años de todo y para todos

 

Muchachos de  los Canarreos

 

¡Una buena para el Periodismo Radial!

 

Entregan en Camagüey placa conmemorativa  a científico británico

 

Primer Coloquio Provincial de la Prensa Escrita en Camagüey

 

¿Dónde están encarcelados los cinco patriotas cubanos?

 

Nuevas provocaciones del Gobierno de EE.UU. contra la dignidad del pueblo cubano

 

En Cuba, más jóvenes optan por el periodismo

 

Documental sobre gesta cubana en África

 

Intentar reivindicar a un criminal es ofender la dignidad humana

 

Visión del festival de cine Latinoamericano

 

Reconocen en Camagüey a profesionales de la prensa que imparten docencia

Cualquier comentario, por favor escríbame a: lnajarro@enet.cu

¡Liberen a nuestros Cinco compatriotas Prisioneros del Imperio!

Página arriba

 

Página Principal

Publicaciones

Géneros Periodísticos La Radio en Camagüey Curso de Periodismo Radial

Presentaciones de Libros

Opiniones

Adicionar página a "Favoritos"

Recomendar página a un amigo

Libro de visitantes
 

Permitida la reproducción de los materiales indicando la fuente

 
 

«Copyright © [Lázaro David Najarro Pujol] Reservados  todos  los  derechos»

 
 

Sitio Web: http://camaguebax.awardspace.com

 
  Comunicación con el autor:  lnajarro@enet.cu