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Máximo Gómez y su vínculo con Santa Cruz del Sur

(Tomado del libro Sueños y turbonadas)

Por Lázaro David Najarro Pujol

 

La presencia del Mayor General Máximo Gómez en Santa Cruz del Sur se produce durante y al término de la primera guerra independentista. Ante el eminente revés de la Revolución, el 21 de diciembre de 1877, el Generalísimo le pide a su esposa Bernarda Toro y a sus hijos, se presenten ante las autoridades españolas en ese poblado, con el propósito de embarcarse rumbo a Jamaica y escribe en su diario.[1]

“Día terrible para mí, mi corazón se destroza de dolor pues tengo que separarme de mi esposa y mis hijos haciendo que se presenten a los españoles para ver si logran embarcarse para Jamaica y allí reunirse con mis hermanos, mientras yo quedo aquí cumpliendo lo decretado por fatal destino.

”(…). El mismo día huyendo de esta zona, como queriendo huir de los recuerdos que llevo en el alma, me dirijo rumbo a Carrasquilla”.

Luego del Pacto del Zanjón, el Generalísimo decide, con dolor en su alma y su corazón, viajar a Jamaica, pero antes, el 18 de febrero de 1878, se reúne con el Mayor General Antonio Maceo, en Piloto bajo:[2]

“(…) estaba dispuesto a salir del país, pero no quería hacerlo sin primero verlo a él para que supiera la verdad de las cosas (...) que a mí no me sorprendía la situación del momento. Había gastado mi prestigio en querer evitarla pero en todas partes había encontrado oposición y ya era tarde para yo poder hacer nada en favor de la Revolución-. Que cuanto podía hacer era salir cuanto antes del país, porque jamás viviría bajo el dominio de España”.

El 27 de febrero de 1878 en Vista Hermosa (Camagüey), se entrevista con el jefe español, Martínez Campos. Ese mismo día el Generalísimo había emprendido el viaje hacia dicho campamento, acompañado de sus ayudantes Rafael Rodríguez, Enrique Collazo, Enrique Canals, Bonilla y Grocio Prado, este último hijo del presidente del Perú. En dos horas de camino llegaron. Gómez le explicó a Martínez Campos que su entrevista con él era sólo para, de acuerdo con la capitulación, pedirle un barco que lo llevara a Jamaica, donde estaba su familia.

El Español, quien vestía su levita de campaña, “que ciñe al fajín de teniente general y decora el teison de oro”,[3] se empeña en que el oficial mambí no abandonara Cuba: Aquí la larga conferencia.[4]

“–¿Cómo? Usted no debe, no puede irse; yo necesito hombres como usted para la obra de reconstruir el país y consolidar la paz.

”Le contesté que terminada la guerra, nada me quedaba ya por hacer en Cuba. Entonces Martínez Campos indicó que podía y deseaba ofrecerme auxilios pecuniarios.

”–No es posible, dijo, que vaya usted a su país con esa ropa miserable.

”No acepté su oferta y Campos continuó:

”–Yo le puedo prestar la cantidad que necesite y luego me la pagará usted cuando quiera y pueda.

”Me puse de pie para decirle:

”–General, no cambio yo por dinero estos andrajos que constituyen mi riqueza y son mi orgullo. Soy un caído, pero sé respetar el puesto que ocupé en esta Revolución y le explicaré. No puedo aceptar su ofrecimiento, porque sólo se recibe, sin deshonor, dinero de los parientes o de los amigos íntimos, y entre nosotros General, que yo sepa, no hay parentesco alguno, y, por la otra parte, es ésta la primera vez que tengo el honor de hablarle.

”Bajó la cabeza Martínez Campos, salió a hablar con los demás que venían conmigo, Collazo y otros compañeros, pero antes dijo a Cassola:

”–¡Hable, hable con Gómez!

”Cassola no dijo más que estas palabras:

”–Nada hay que decir después de lo manifestado por el general Gómez.

”Y volvió la cara para ocultar las lágrimas que le corrían por sus mejillas”.

Enrique Collazo, testigo de aquella histórica entrevista, pudo narrar el final de ella:[5]

“Dentro de la polaina tenía el general Gómez un pañuelo, si pañuelo se puede llamar aquel jirón; lo usó un momento y Martínez Campos se lo arrancó casi de la mano diciéndole:

”–Ya que no quiere usted aceptar nada de nosotros, déjeme esto, de lo poco que tiene, para conservarlo de recuerdo.

”El general Gómez le dijo:

”–Con gusto se lo doy, y, no obstante ser tan poco, es mucho, porque no tengo otro”.

Martínez Campos accedió y redactó allí mismo un telegrama para Santa Cruz del Sur, con el objetivo de ordenar se pusiera a disposición de Máximo Gómez un cañonero en el estero del Junco, (punto escogido por el propio jefe insurrecto).

El día 1 de marzo el bravo mambí se dirigió a La Larga:[6]

“Aquí informes de que el Cañonero que nos ha de conducir, en vez de ir al «Junco» nos espera en Santa Cruz –y nos dirigimos a este punto”.

Salvador Morales, en el libro: Máximo Gómez selección de textos confirma que el Generalísimo viajó al sureño puerto camagüeyano en unión del Brigadier Rafael Rodríguez, Teniente Coronel Salvador Rosado, Comandante Enrique Collazo, Teniente Enrique Canals, Grocio Prado y José Bonilla, “estos dos últimos hijos de la generosa República del Perú.”[7]

“A las doce del día 3 de marzo nos embarcamos en el cañonero «Vigía» que era el destinado a alejarnos de las costas de Cuba, saliendo el mismo día de Santa Cruz, llegando el siguiente día a Manzanillo; pocas horas después se recibió telegrama del General Martínez Campos desde Yara, diciendo “El General M. Díaz, Coronel B. Masó y otros jefes que se hallaban conferenciando deseaban ardientemente pasase allí pues le interesaba hablar conmigo”.

En la propia nave de guerra, a las dos de la tarde, en el puerto de Manzanillo, Máximo Gómez se entrevista con Bartolomé Masó y Juan Ruiz:[8]

“Ambos jefes insurrectos insistieron en que los acompañase; les di mis excusas dándose por satisfechos, pidiéronme detalles de lo ocurrido en Camagüey; les conté lo sucedido, concluyendo por pedirme mi opinión sobre la cuestión de paz; me expresé en los mismos términos que lo había hecho con el General Maceo; diciéndome ellos, que la gente que se hallaba reunida estaba por la paz; les interrumpí preguntándoles: ¿y el General Díaz?; él dice que se atiene a lo que resuelva la mayoría de los cubanos; poco después nos despedimos marchando ellos nuevamente al campo.

”El 5 continuamos viaje, el tiempo no estaba sereno sobre todo para hacer la travesía en aquella clase de buque que por su construcción solo debe prestar sus servicios en las costas; el Capitán resolvió aguardar a que calmase en Niquero”.

A las dos de la tarde del día 6 levantaron ancla. Rebasando Cabo Cruz, en el anochecer, Gómez apuntó:[9]

“No me es posible expresar las impresiones que experimento al abandonar aquella tierra en la que me había forjado tantos sueños de gloria y teatro de tantas amarguras y dolores. Mis compañeros, impresionados del mismo modo, iban tristes y silenciosos; no había un pensamiento halagüeño que aminorase nuestra pena; el porvenir se presentaba oscuro y misterioso, con los harapientos adornos de la miseria; ya presentíamos que la calumnia se cebaría en nosotros y que ese sería el pago a nuestros desvelos. Más nunca pudimos imaginarnos la realidad: no creíamos se dudara de aquellos para quienes su vida anterior era una garantía de honradez. Hemos sido calumniados por muchos de aquellos a quienes hemos estado dando un ejemplo durante diez años que no se atrevieron a imitar.”[10]

Tanto fue el dolor del Generalísimo, que ese propio día 6 de marzo a las seis de la tarde escribió:[11]

“(...) vamos a perder a Cuba de vista, quizás para siempre –¿cuál será mi destino después que he sufrido tanto y tanto en esa tierra en pos de la realización de un ideal, que ha costado tanta sangre y tantas lágrimas? ¡Adiós Cuba, cuenta siempre conmigo mientras respire –tú guardas las cenizas de mi padre y de mis hijos– y siempre te amaré y serviré!”

El cañonero español Vigía arribó a Monte Bay, puerto al Noroeste de las costas de Jamaica, a las siete de la mañana del día 7 de marzo.[12

 

Notas de referencias:

[1] Máximo Gómez: Diario de Campaña. Ediciones Huracán, La Habana, 1968, p., 191.

[2] Enrique Buznego Rodríguez: Mayor General Máximo Gómez Báez, sus campañas militares, Tomo I (1868-1878). Editora Política, La Habana, 1986, p., 247.

[3] Ramón Infiesta: Máximo Gómez. Academia de Historia de Cuba, La Habana 1937, p., 111.

[4] Benigno Souza: Máximo Gómez, el Generalísimo. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1986, p., 90.

[5] Benigno Souza: Máximo Gómez, el Generalísimo. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1986, p., 91.

[6] Máximo Gómez: Diario de Campaña. Ediciones Huracán, La Habana, 1968, p., 205.

[7] Salvador Morales: Máximo Gómez. Selección de textos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1986, p., 77.

[8] Salvador Morales: Máximo Gómez. Selección de textos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1986, p., 78.

[9] Benigno Souza: Máximo Gómez, el Generalísimo. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1986, p., 92.

[10] El Generalísimo escribió un folleto titulado La Paz del Zanjón, donde estableció con hechos notorios y lógica inexorable, la verdad de los sucesos.  Así esta recogido en el libro Máximo Gómez, el Generalísimo, de la autoría de Benigno Souza, página 94, quien argumenta: “La publicación de este folleto y la ardorosa defensa de Gómez hecha por hombres como los Maceo, Goyo Benítez y otros, hizo reaccionar la opinión y poner a ésta de su lado, contra los calumniadores.”

[11] Enrique Buznego Rodríguez: Mayor General Máximo Gómez Báez, sus campañas militares. Tomo I (1868-1878). Editora Política, La Habana, 1986, p. 248.

[12] Máximo Gómez: Diario de Campaña. Ediciones Huracán, La Habana, 1968, p., 206.

 

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