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Pedro Guerra: El hombre
del laberinto de Las Doce Leguas
Por Lázaro David Najarro Pujol (Tomado del
libro Sueños y turbonadas)
Pedro
Guerra Cabrera comienza a escudriñar en su memoria o, como él mismo dice, a
desempolvar su archivo. Día a día recorre las calles de Playa Bonita, en
Santa Cruz del Sur, y de camino a la bodega encuentra a muchos de sus amigos
de hace 79 años, los mismos con los que compartió su limitada infancia,
porque nació adulto. Lo considero un científico del tiempo y de la
repetición de su propia experiencia al ser capaz de saber, en cada verano,
los días exactos en que los quelonios depositan sus huevos.
La memoria
del viejo es muy confiable: retiene fechas y sucesos que cuando se consultan
en los textos no son errados a pesar de los 79 años de edad que se reflejan
muy poco en su rostro de sangre india.
Es difícil
comprender, si no se conoce la voluntad de este hombre, cómo con su avanzada
edad puede navegar en un pequeño chalán por las cayerías en busca de
nidadas.
A Pedro
Guerra lo llevaron para el laberinto de Las Doce Leguas a los siete días de
nacido y a los siete años de edad tuvo su primer contratiempo:
«Mi
padre tenía un viverito para la pesca de cherna y navegamos hacia allá en
busca de la captura del día en un bote de vela. Camino de proa a popa por el
borde de la cubierta.
«Escucho
la voz del viejo alertándome.
«–¡Cuidado!
«La
botavara de la vela me dio un golpe y me lanzó al mar. Mi padre pensó
tirarse al agua, pero recapacitó, porque, de hacerlo, el barco se alejaría
con la posibilidad que nos ahogáramos los dos. Entonces cruzó la vela y el
barco dio para atrás. Yo traía un pantalón de bombacho que cogió aire y me
mantenía a flote sobre la superficie. Cuando me encontraba cerca de la popa
mi padre soltó la vela, corrió para la popa y me extendió los dos brazos. Me
aferré a la punta de sus dedos. Él enmendó, me agarró por las muñecas y de
un tirón me dejó caer dentro de la cámara del barco. Sentí un fuerte golpe
en la cintura.
«Mi
padre, aún asustado, daba gritos, enloquecido. Pronto reflexionó al verme
con los ojos abiertos y algo sorprendido por el incidente. Me abrazó
fuertemente y comenzó a llorar. Llorábamos los dos. En ese instante decidió
suspender la pesquería, su estado de ánimo no le permitía levar las nasas.
Lo veía pálido. Navegó rumbo al cayo y sin hablar penetró en el rancho. Se
sentó sobre un viejo sillón y se mantuvo en silencio durante varias horas.
«Transcurrieron
muchos meses sin otro incidente, pero al cumplir los diez años de edad, mi
papá, el Curro y yo abordamos una chalana y navegábamos entre esteros en
busca de sardinas para la carnada. Yo estaba sentado en popa. Me iba
comiendo un pedazo de dulce de guayaba, mientras que en la otra mano
sujetaba una galleta. Navegábamos muy pegados a los cayos, pero casi en el
centro de un canalizo estrecho, un gajo de mangle rojo me dio en la cara y
me sacó del bote. La chalana se alejaba de mí. Me hundí en el agua. Después
me contaron que, cuando salieron del estero, el Curro le preguntó a mi papá:
«–¿Y
el muchacho?
«–¡Coño,
Curro, mi muchacho se cayó al agua!
”El Curro se
lanzó al canalizo y nadó en rumbo a donde se suponía había caído. Se
sumergió varias veces y me encontró casi inconsciente en el fondo del
canalizo. El hombre me agarró por los pelos y me llevó a la superficie.
Pronto estaba encima de la chalana.
«–¡Carajo!
–decía el Curro dándome golpes en la espalda y moviéndome los brazos. Varias
veces repitió la operación hasta que boté un poco de agua y empecé a
respirar.
«–¡Por
poco se nos ahoga! –dijeron los dos.
«No
obstante, yo no había soltado de las manos ni el dulce ni la galleta.
«Ocurrieron
otros momentos en que estuve coqueteando con la muerte. Mi padre se
encontraba a la orilla del mar, en el cayo. El viejo construía un botalón
para su embarcación, acompañado por un grupo de pescadores. Yo tenía trece
años de edad. Abordé un chalán y lo despegaba de la orilla de cayería. ¡Cosa
de muchacho! Me tiraba del chalán, me sumergía para sacar fondo y probar el
tiempo que podía estar bajo el agua sin respirar. Dos, tres, cuatro veces
repetí aquel juego de la zambullida. Me percato que las corrientes marinas
alejaban el chalán cada vez más rápido. Consideré que no podría alcanzarlo y
determiné nadar hacia la playa pero el deseo de llegar a tierra primero me
desesperó. No tuve en cuenta que lo que el viejo reiteraba procedía de la
sabiduría popular: El mejor nadador se ahoga. Observé unas estacas
cerca de mí y nadé hacia ellas, pero antes de llegar me hundí. Al tocar
fondo me empujé con la punta de los dedos de los pies y salí a flote. Traté
de nadar pero estaba cansado. Me hundí nuevamente y salí a la superficie y
grité.
«–¡Papá!
«No
me escuchó y mi cuerpo se hundió en el mar. Saqué fuerzas una vez más y me
impulse por tercera ocasión.
«–¡Papá!
”Esta vez me
escuchó. Sentí que los brazos se me caían y sólo recuerdo que me acosté en
el fondo y perdí el conocimiento. Mi padre y las demás personas se lanzaron
al agua, entre ellos Julio Tiá que fue el primero que llegó y me tomó por
los brazos, me llevó a la superficie y nadó hasta donde daba pie. Me llevó a
la costa y me puso boca abajo en la arena y me daba masaje. Botaba mucha
agua. Escuche el llanto de mi familia. Gritaba mi padre, mi madre, mis
hermanos y los vecinos. Estuve casi muerto durante un tiempo que no puedo
calcular. Todos pensaron que no podría sobrevivir, pero no cesaron de poner
en práctica todos los recursos hasta que respiré y volví en mí. Julio
escuchó el latido de mi corazón. Los llantos de toda esa gente me pusieron
nervioso.
«A
partir de ese instante tomé precaución para no poner en peligro mi vida,
porque como dice el refrán: La muerte, ni buscarla ni temerla.
«Una
vez le dije a mi padre que quería aprender, que me dejara ir a la escuela y
me respondió que esperara que tuviera más edad. Le agradezco al viejo ser
analfabeto. Sin separarme de mi padre estuve a su lado durante cuarenta
años.»
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