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Heredia más allá del destierro
Por: Jorge
Navarro Torres
UNA MUERTE
inesperada, cuando aún era joven su vida y le quedaban muchas ideas y obras
por plasmar, sorprendía en la ciudad de Toluca, a uno de los más grandes
poetas cubanos de la historia, José María Heredia.
De él
nuestro José Martí, cuyo talento y bondad le permitió aquilatar en cualquier
ser humano las integridades que les engrandecían dijo: ".fue hijo de Cuba
aquel de cuyos labios salieron algunos de los acentos más bellos que haya
modulado la voz del hombre, aquél que murió joven, fuera de la patria que
quiso redimir, del dolor de buscar en vano en el mundo el amor y la
virtud.".
El bardo
antillano nació en Santiago de Cuba el 31 de diciembre de 1803, y a los 2
años de edad fue llevado junto a su familia hacia Penzacola, por haber sido
nombrado su padre Asesor de la Intendencia de la Florida Occidental, que era
aún posesión española.
En esa
ciudad se inició en las primeras letras guiado por la mano de su padre, y
tal fue su interés que a los 3 años ya sabía leer y escribir de él
aprendería que todo hombre al venir al mundo debe ser honrado y vivir con
austeridad.
Luego de
las guerras que incendiaron parte de la América, y tras la desaparición
física de la figura paterna la familia Heredia regresó a Cuba.
En suelo
natal José María ya graduado de bachiller en leyes, es admitido en 1823 como
abogado en la Audiencia de Camagüey. Ese mismo año intervino, como miembro
de los Caballeros Racionales, en la Conspiración de los Soles y Rayos de
Bolívar, este fue el inicio de su gloria y de su inmortalidad.
El fracaso
del complot lo llevó a marchar a los Estados Unidos, allí en el exilio
escribió la Oda al Niágara, junto a la enorme y rugiente catarata, y supo
algún tiempo más tarde que había sido condenado al destierro.
En su
segundo viaje a la nación de los aztecas y mayas escribiría el
Himno del desterrado.
"Qué es el
oro sin gloria ni paz?
Aunque
errante y proscrito me miro,
y me
oprime el destino severo;
por el
cetro del déspota ibero
no
quisiera mi suerte trocar."
Asegurada
su fama continental como poeta, Heredia aceptó la oferta del Presidente
mexicano Guadalupe Victoria y volvió a México, para ser allí, como dijo él
mismo, juez, magistrado, periodista, político, tribuno, guerrero, tipógrafo,
maestro, historiador, jurisperito, y morir en aquella tierra.
Muchos
ilustres cubanos han volcado sobre la pluma y el papel diversos juicios
acerca de José María Heredia, uno de ellos Rafael Esténger escribió: "sus
versos definitivos NO han quedado sólo como formas literarias, repetidas por
la justeza de las palabras o la música del período. Han hecho más: captar
nuestros símbolos más entrañables fijando la estrella y la palma como
emblemas de la nacionalidad naciente y del paisaje nativo.
Mientras
que Enrique José Varona decía que había aprendido a sentir a Cuba, a conocer
las notas propias de la nacionalidad, en las poesías de José María Heredia,
que leyó en su niñez.
Al cumplir
170 años de su partida, la obra legada por Heredia permanece viva en la
patria que tanto amó.
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