|
A nuestros maestros, profesores… hoy, todo el cariño.
Por: María Antonieta Colunga Olivera (estudiante de Periodismo)
Foto: Lázaro David Najarro Pujol
Ha
llegado de nuevo el día del educador; día especial para quienes festejan la
dicha de alumbrar anualmente camadas de hijos y también para nosotros, los
hijos, que nos volvemos locos inventando algo para sorprenderles.
Luego de quince años al pupitre, es ya costumbre que las cercanías de
diciembre me devuelvan las remembranzas de todos aquellos (madrazas y
padrazos) a quienes debo también el ser quien soy; no ya por el milagro
genético de la vida sino por aquel, igual de sublime, de moldear su curso.
La imagen más lejana que conservo de esta suerte de segundos padres es la de
Yolanda. Tenía yo solo cuatro años cuando comencé junto a ella el
preescolar.
Era una de aquellas que llamaríamos hoy maestras de raza: rellena, bajita,
con el pelo ya nublado por los años y una sonrisa intermitentemente
estampada en el rostro.
Todas las mañanas, al llegar de casa, hacíamos un círculo sacrolombágico en
el patio interior y, tomados de las manos, cantábamos “Buenos días” al Sol.
Allí, al calor de los primeros rayos, nos hacía extender las manos para
revisarnos las uñas y hacernos coincidir con aquel patrón de armonía que
jamás olvidaré: cortas y limpias.
Su mano guió mi lápiz en sus primeros saltos de rana o remolinos de humo, y
aún guardo con celo la única foto que tengo en su compañía, al entregarme el
diploma de término del curso.
Luego pasaron los años, las uñas me crecieron y las canciones y juegos
fueron otros. La vida me fue sucediendo un sinfín de rostros de tiza en
mano; algunos de armas tomar, otros más amigos que maestros, que
indistintamente dejaron en mí su impronta indeleble.
Pero lo curioso es que, al terminar el preuniversitario y despedirme entre
abrazos de los que fueron mi familia más cercana durante tres cursos
increíbles, descubrí una certeza generalizada en la tropa de estarse yendo
al encuentro de un futuro donde la relación estudiante-profesor cambiaría
abismalmente.
“Allí si te dan 2 sin muchas explicaciones”, “nadie pregunta porqué faltaste
ni te cae atrás para hacer una prueba”, “en la Universidad todo es
diferente, ya uno está bastante grandecito para que los maestros se cojan
lucha con uno”; estas y otras muchas eran las alocuciones que escuchaba aquí
y allá; y yo, animal de costumbre de la antigua enseñanza, me preocupaba por
un lado por tener que acelerar el ritmo de mi caligrafía y, por otro, me
alegraba de mi futura libertad.
Hoy, luego de un año y tanto de vida en este horno de ideas, sonrío ante mi
inocencia de novata. No sé si me haya pasado solo a mí, pero aquí las cosas
no han sido tan distintas.
He encontrado gente maravillosa, que títulos y epítetos aparte, han sabido
ser MEASTROS así, con letras mayúsculas. Gente buena y sensible que se ha
dolido conmigo en mis malos momentos, y que cuando algún premio venturoso ha
tocado mis puertas, han sido los primeros en llamar para felicitarme.
Gente bondadosa y comprensiva, que gasta recursos y tiempo para facilitarnos
el trabajo, y nos trae al aula 22 copias de la guía de ejercicio en cada
clase práctica y cuando viaja por cuestiones de trabajo, recuerda a los
niños malcriados que dejó en salón y vuelve con un lapicero para cada uno.
Gente alegre y sensible que jamás entra a clase sin ponerse primero la
sonrisa en el rostro, y hace a un lado al familiar enfermo o las horas de
sueño no dormido porque sabe que estos, sus otros hijos, no tienen la culpa.
Gente que corre para satisfacernos los caprichos, que posponen una prueba
cuando uno le hace entender que no está preparado, que corrige tus errores
casi pidiendo permiso, que te dice cada día que eres bueno, que vas a salir
bien, que está contento de ser tu maestro.
Gente buena que uno aprende a querer aunque no se lo diga, que te da el
consejo oportuno y se preocupa de tu más inocente gripe, que te sorprende al
llegar el día del estudiante con una fiesta solo para ti, solo por tener el
privilegio de ser su alumno.
Yo no sé si será solo a mí a quien le ha tocado los mejores profes; solo
estoy más que convencida de mi gran equivocación en aquellos inicios al
pensar que ellos serían témpanos de hielo junto a la pizarra. Ilusa yo al
creer que los padres dejan de ser padres por la edad que uno tenga.
|