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Fusilamiento del 3 de mayo, Francisco de Goya (1814) Museo del Prado, Madrid En la frontera entre los siglos 18 y 19 emergió la gran personalidad de Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828), que marca el conflicto entre casticistas y extranjerizantes en el ámbito artístico. Su versatilidad impide clasificarle en un movimiento o corriente concretos. Su fantasía y sus técnicas innovadoras son el reverso del academicismo neoclásico que dominaba en la época, heredado del gusto francés. Goya fue nombrado pintor oficial de Palacio por Carlos IV en 1799, y aprovechó su posición especial en la corte: los retratos oficiales testimonian ocultamente las relaciones entre arte y poder en la España de ese cambio de siglo, y los cuadros de historia se basan en su experiencia personal de la guerra y trascienden la representación patriótica y heroica para crear una salvaje denuncia de la crueldad humana. La invasión de 1808 y el martirio del pueblo español le inspiraron los Desastres de la guerra (1810-1820), una serie de grabados en que denunció los horrores de la guerra sin tomar partido por una u otra parte. Fusilamiento del 3 de mayo, Francisco de Goya (1814) Museo del Prado, Madrid. El Dos de Mayo de 1808 en Madrid o La lucha de los mamelucos en la Puerta del Sol (1814), Museo del Prado, Madrid. Como Goya tuvo que trabajar durante el período de la Inquisición, el adjetivo goyesco significa saber criticar siendo prudente, sin denunciar los males de la sociedad declaradamente. Su estilo consistía en representar grupos de personas sin preocuparse de denotar los rasgos físicos del individuo: estilo goyesco entonces significa también trabajar más sobre el conjunto que sobre el detalle. HISTORIA Después de los acontecimientos revolucionarios de Francia de 1789, bajo el reinado de Carlos IV (1788-1808), España consentía el paso de tropas francesas por territorio español para ocupar Portugal y el descontento de la población dio lugar al primer levantamiento popular en Madrid el 2 de mayo de 1808. En Bayona Napoleón obligó a Fernando VII a devolver los derechos a la Corona a favor de su padre, y a Carlos IV a abdicar a favor de Napoleón. Éste entregó la Corona a su hermano José Bonaparte, rey de Nápoles. Estalló así la Guerra Peninsular o de la Independencia (1808-1813), en la que fue determinante la guerra de guerrillas: la extensión del territorio facilitó la escasa concentración de fuerzas del ejército invasor, situación que fue aprovechada y prolongada por esa táctica de resistencia. Ésta se mantuvo en las zonas rurales, sobre todo en las montañas, en las cuales operaban diversos grupos aislados. En 1812 se redactó la primera Constitución liberal aprobada por las Cortes de Cádiz; Napoleón retiró un importante contingente de tropas para engrosar su ejército de invasión en Rusia y su debilitamiento fue una de las causas de su derrota en 1813. El rey Fernando VII (1814-1833) regresó a España y dirigió así el primer golpe de Estado, inaugurando lo que sería el procedimiento habitualmente utilizado para llevar a cabo los cambios políticos durante el siglo XIX. Empieza así el sexenio absolutista (1814-1820) en el que los partidarios del modelo constitucional (liberales o afrancesados) fueron declarados traidores de la Monarquía y tuvieron que ir al exilio, anulando el rey la Constitución de 1812. Con un golpe de Estado en 1820 el teniente coronel Riego obligó al rey a restaurar la Constitución de Cádiz y empezó así el trienio liberal (1820-1823). Sin embargo el liberalismo no estaba extendido por el pueblo porque la mayor parte vivía de la agricultura y fue perjudicada por la desamortización civil y eclesiástica, lo que facilitó cualquier movimiento antiliberal. Los partidos absolutistas recurrieron a las acciones guerrilleras para luchar contra el gobierno liberal. Las potencias europeas que, a través de la Santa Alianza creada en el Congreso de Viena de 1815, pusieron fin al liberalismo: Fernando VII fue rey absoluto y prometió el perdón de los liberales que no cumpliría. Durante la década ominosa (1823-1833) se produjo la represión a los movimientos liberales y la persecución y ejecución sumaria de los liberales capturados, se suprimieron los periódicos y las sociedades patrióticas, se purgaron librerías y bibliotecas, y la universidad fue clausurada durante dos años; sin embargo Fernando VII renunció a restablecer la Inquisición, que de este modo quedó suprimida para siempre. En los últimos años de su reinado antes de su muerte en 1833 se planteó el conflicto sucesorio. La Ley Sálica, implantada por Felipe V de los Borbones tras la Guerra de Sucesión (1700-1714), excluía a las mujeres de la sucesión al trono de España; de este modo la Corona debía corresponder al hermano del rey Carlos María Isidro y no a su hija Isabel. El rey estableció que heredasen siempre aquellos que viniesen por línea derecha y ningún otro, y la diferente posición de absolutistas partidarios de Carlos María Isidro, católico fundamentalista, y de liberales, que defendían los derechos de la princesa Isabel, dio origen al carlismo. El conflicto sucesorio fue simplemente el casus belli que generó la primera guerra carlista. Las causas profundas hay que buscarlas en la defensa de la tradición (se llamaron también Tradicionalistas), de la monarquía absoluta, del poder de la religión y de la Inquisición y de la estructura federal de España del Antiguo Régimen. Su lema fue "Dios, Patria, Rey y Fueros" y llevó a las consecuentes tres guerras civiles entre absolutistas y liberales. La primera guerra carlista o guerra de los Siete Años (1833-1840) afectó sobre todo al norte del país, y a las montañas navarras, catalanas y valencianas, con la táctica de guerrillas. En la segunda (1848-1849) los carlistas intentaron un golpe de Estado aprovechando el traslado de tropas a Marruecos, pero fracasó y desde entonces el carlismo prácticamente desapareció, aunque evolucionó ideológicamente y el carácter confesional del carlismo llegó a ser la defensa de la unidad católica y la condena del liberalismo. La tercera guerra carlista se desarrolló de 1873 hasta 1876. Después de la muerte del rey, María Cristina de Borbón (1833-1840) actuó como regente en nombre de su hija Isabel II. Los liberales se habían dividido en dos partidos muy enfrentados, moderados y progresistas, y las elecciones siempre estaban manipuladas por los que estaban en el gobierno y como no podía ganar nunca la oposición mediante el voto planeaban golpes de Estado. La reina se aproximó a los moderados con Martínez de la Rosa, pero el progresista Mendizábal asumió el cargo en 1835. La desamortización eclesiástica (1835-1837) fue el punto fundamental del programa liberal progresista de Mendizábal. El dinero procedente de los terrenos expropiados a la Iglesia se iba a destinar a obtener fondos para superar el déficit de la Hacienda Pública e iniciar una reforma agraria, pero al mismo tiempo serviría para financiar al ejército liberal en la Guerra Carlista; además, la desamortización se concibió como un castigo a la Iglesia por su apoyo al Carlismo. De esta forma, fueron suprimidas las comunidades religiosas, mientras que meses más tarde se puso a la venta los bienes e inmuebles de las mismas. Sin embargo la desamortización fue un fracaso: la falta de dinero apartó de la compra a los más humildes y la desamortización benefició a aprovechados ciudadanos de posición económica acomodada y originó un vasto proletariado agrícola. En 1840 María Cristina fue presionada y dimitió, consiguiendo el poder los progresistas con Espartero (1840-1843), quien al llegar al poder no siguió las pautas progresistas, encontrando oposición. Tras el fracaso de Espartero, se adelantó la mayoría de edad de Isabel II, y empezó la década moderada (1844-1854). Los moderados asumieron el Gobierno y suprimieron las desamortizaciones llevadas a cabo por Mendizábal, estableciéndose de nuevo relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Durante esta época moderada, el poder recae en Narváez, caracterizado por su intento de imponer el orden a través de la represión de las primeras revueltas en Madrid en las que están implicados progresistas, demócratas y republicanos. Se originará una revolución liderada por O'Donnell y Cánovas del Castillo, quienes, gracias al apoyo del pueblo, se alzaron y obligaron a la reina a sustituir a los moderados por los progresistas. La reina llamó a Espartero para formar gobierno y comenzó el bienio progresista (1854-1856); se continuó con las desamortizaciones, pero los resultados no fueron buenos. En el aspecto político-social todo el bienio fue una etapa de inestabilidad en la que la conflictividad social aumentó. De 1856 a 1868 alternaron Narváez y sus moderados con O'Donnel y Cánovas del Castillo y su centroizquierda (Unión Liberal). En política exterior, España empezó a participar de empresas extranjeras, inició la guerra de Marruecos y expediciones a América La inestabilidad política fue constante: los progresistas acercándose a los demócratas recurrieron de nuevo a métodos de levantamiento contra la monarquía de Isabel II: el golpe de Estado tuvo lugar en septiembre de 1868 cuando un grupo de generales encabezados por Serrano y Prim se alzó en la “Gloriosa” revolución, que destronó a la reina formando un gobierno provisional y que dio comienzo al sexenio revolucionario (1868-1874). En 1871 las Cortes decidieron por la monarquía democrática y fue elegido rey un joven príncipe Italiano, Amadeo I de Saboya (1871-1873). Esta monarquía duró poco tiempo, hasta que se proclamó la Primera República Española el 11 de febrero de 1873 y las Cortes eligieron como presidente a Figueras. La I República, federal y socialista, duró once meses y se caracterizó por una gran inestabilidad política. Además hubo que enfrentarse a problemas como el cantonal, porque muchas ciudades y comarcas se declararon autónomas. En 1875 Alfonso XII llegó a Madrid, con el apoyo de las clases altas y la aristocracia, y una indiferencia popular bastante generalizada. El deseo de orden y tranquilidad de toda la nación fue el mejor aliado de la nueva situación. Tomado de: http://html.rincondelvago.com/lenguaje-del-mundo-contemporanea.html
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