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Más allá del tiempo y de la muerte: la historia de
amor de Amalia Simoni e Ignacio Agramonte
(actualizado)
Lázaro David
Najarro Pujol

Una
de las más bellas y fascinantes historias de amor —que transcendió a su
época y a su espacio— la protagonizaron en la otrora Villa de Santa
María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey, Amalia Simoni Argilagos
e Ignacio
Agramonte y Loynaz.
Ni el tiempo ha podido
borrar de los sentimientos de los camagüeyanos ese encantamiento
amoroso, ese eterno y mágico amor entre Amalia e Ignacio, como música
esparcida por el viento. Todos los días en cualquier sitio de la ciudad
se evocan algunas de sus hermosas cartas:
"Cómo gozaría si fuera yo
y no mi retrato y mis cartas tu compañero cuando coses... Cuando aquí
salgo al campo y tomo alguna flor, me es triste no poder ofrecértela y
contemplarla entre tus cabellos negros... El campo hace más crudos los
tormentos de la ausencia... Yo no te pido más amor, porque no se puede
amar más."
"...¡Ay, Ignacio mío, el corazón parece querer
saltárseme del pecho cuantas veces la leo (las cartas de El Mayor); cada
una de tus esperanzas, cada tormento, cada palabra, me hacen sentir,
demasiado; y me admiro de encontrar fuerzas para vivir tanto tiempo
lejos de la mitad de mi alma (...)"
Amalia recibió una
esmerada educación. Era una joven muy bella, culta y encantadora.
Dominaba tres idiomas. Tomó lecciones de música. Perfeccionó sus
estudios de piano en Roma, París y Florencia. Su padre, Don José Ramón
Simoni, contaba con una inmensa fortuna. Precisamente tras regresar a
Camagüey en la década de 1860, después de cinco años en el extranjero,
Amalia conoce a Ignacio e inician el noviazgo.
Ignacio
se encontró con Amalia durante sus vacaciones en su ciudad natal. Era
estudiante de derecho de la Universidad de La Habana. Un joven alto,
delgado y muy pálido, pero no de una palidez enfermiza. Escribió Aurelia
Castillo González, que era una "... palidez de fuertes energías
reconcentradas".
Su cabeza era apolínea;
sus cabellos castaños, finos y lacios; sus ojos pardos velados, su boca
pequeña y llena y sombreada apenas por fino bigote; su voz firme.
Desde el primer instante
que la vio experimentó una sensación nueva. Jamás se había enamorado.
Pero Amalia le causó tanta impresión que quedó hechizado. Ella le
correspondió desde el primer instante. Ambos se amaban con delirio.
Amalia Jamás sintió por otro ser una expresión tan fuerte. Todo su amor
y su vida la había entregado a Ignacio, mientras que él no tuvo mirada
para otra mujer.
Ese amor pleno que ambos
se profesaban quedó plasmado en las bellas cartas escritas antes y en el
contexto de la Guerra de los Diez Años en Cuba. "No puedo disminuir mi
cariño hacia ti por ningún motivo. Anoche, como ahora, y como siempre,
mi amor es infinito y toda mi dicha se cifra en tu felicidad: daría toda
la que yo pudiera disfrutar por un solo momento de contento para ti:
saborearía los mayores dolores con placer por ahorrarte el más
insignificante de los tuyos."
Cada correspondencia que
llegaba a las manos de la dulce Amalia, iluminaba su rostro y el amor se
engrandecía.
"... Yo no te quiero tanto
como tú a mí. Si quieres tener una idea (...) de mi amor, multiplica el
tuyo que figuro que es grande por la inmensidad del espacio y por la
eternidad del tiempo y su resultado te la dará. No quiere ni se inquieta
una madre por el hijo que contempla en sus brazos como yo por ti, ni
concibo amor alguno que alcance la intensidad y vehemencia del mío".
La joven le contaba a
Ignacio, tomados de las manos, historias sobre su estancia en 800
ciudades en el extranjero: los boulevares de Paris, los románticos
canales de Venecia, los espectaculares carnavales de Niza, las
impresionantes neblinas de Londres, las calles y monumentos fabulosos de
Berlín, los rascacielos de Nueva York, los importantes puentes de
Hamburgo y los helados paisajes de Canadá.
Ignacio quedaba anonadado
cuando escuchaba a la joven cantar melodías, en las que se evocaban
historias y juramentos de amor y fidelidad, porque como escribió José
Martí: "Amar no es más que el modo de crecer".
No todo era satisfacción
para el joven, porque el padre de la muchacha se oponía a esa relación.
Tanto Amalia como Ignacio habían jurado amarse eternamente. Ella estaba
decidida también a respetar la voluntad de su padre y a la vez se
disponía a no tener ojos para otro hombre.
—Papá, no
te daré el disgusto de casarme en contra de tú voluntad, pero si no es
con Ignacio, no me casaré con nadie.
Terminada las vacaciones
el joven regresa a La Habana, con el inmenso dolor de la oposición de
Don José Ramón Simoni. Él también había confesado amor infinito a la
encantadora dama.
Pero tantas eran las
convicciones, cualidades morales y argumentos de Ignacio que tras una
conversación con el doctor Simoni, logró convencerlo. El padre de Amalia
estaba seguro ahora que la muchacha había encontrado al hombre ideal.
—Hijo,
dame esa mano para estrecharla como un caballero... Te concedo la mano
de mi hija Amalia... ¡Ojalá que sean muy felices...!
Esas palabras fueron como
devolverle el alimento a Ignacio, quien estaba seguro que su primer amor
sería eterno y ese mismo sentimiento latía en el corazón de la joven.
—"Jamás lo dudes... me
siento tan dichosa amándote y siendo el objeto de tu amor, Ignacio".
—"Sí... Amalia de mi
vida, eres mí único delirio; a nadie, a nadie, amo tanto como a ti..."
Los bellos y expresivos
ojos negros, el largo pelo suelto sobre sus hombros, la postura activa y
la melodiosa voz le imprimían tal encanto a la muchacha que muchos la
consideraban una reina de la belleza y la cultura.
En el hermoso jardín de la
casa quinta Simoni ocurrían los frecuentes encuentros de los dos
enamorados:
"Te debo más, Amalia de mi
vida, que quien me dio la existencia".
Ignacio estaba totalmente
enamorado de ella y a la vez comprometido con la causa revolucionaria.
En Carta a Amalia le expresa su fervor patriótico:
"Ya la resignación en lo
tocante a nuestra ausencia se agota y hace aumentar mi odio a los
españoles. ¡Cuánto nos ha hecho sufrir siempre la separación! Cuba exige
grandes sacrificios; pero Cuba será libre a toda costa: Las
contrariedades más nos exaltan y más indomables nos hacen".
"Yo te aseguro que
vacilaría si alguna vez encuentro tu felicidad y mi deber frente a
frente".
"Tu deber antes que mi
felicidad, es mi gusto, Ignacio mío, y como no amarte si eres tan
grande, si tan elevado es tu corazón".
El noviazgo de Amalia e
Ignacio duró dos años, tiempo suficiente para contraer matrimonio el 1
de agosto de 1868. Pero el deber con su otro gran amor, la Patria, llama
y tres meses después de jurar, ante el altar amor eterno, marcha a la
manigua y se incorpora al Ejército Libertado
— No hay
otra salida. A nosotros nos ha tocado responder, seguir el camino ya
trazado por otros. Es un privilegio más que un deber, Amalia mía.
—
Lo entiendo así, Ignacio; y puedes irte tranquilo: sabré ser la digna
esposa de un patriota.
—
Lo se Amalia, y por eso
estoy orgulloso de ti; además allá no estaré solo. Están mi primo
Eduardo, Enrique, y miles de hermanos...
— ... y estaré yo.
¡Estaré siempre contigo, a pesar de la distancia, de las horas de
angustia, del terrible peligro, a pesar de todo, Ignacio mío... !
El idilio,
abandonado lujos y
comunidades para marchar a la manigua.
Quien pronto se convirtió
en un excepcional estratega militar, ni un solo segundo dejó de pensar
en su amada Amalia:
"Acaso no haya romance más
bello que el de aquel guerrero".
A decir de José Martí:,
"¿Y aquel del Camagüey, aquel diamante con alma de beso? Ama a su amada Amalia locamente;
pero no la invita a levantar casa sino cuando vuelve de sus triunfos de
estudiante en la Habana, convencido de que aún tienen todavía mejilla
aquellos señores para años: "no valen para nada ¡para nada!". Y a los
pocos días de llegar al Camagüey, la Audiencia lo visita, pasmada
de tanta autoridad y moderación en abogado tan joven: "¡ese!"; y se
siente la presencia de una majestad, pero ¡no él!, que hasta que su
mujer no le cosió con sus manos la guajira azul para irse a la guerra,
no creyó que habían comenzado sus bodas (...)"
En un pequeño bohío, al
que Ignacio bautiza con el nombre de El Idilio,
cuando el guerrero llegaba fatigado del combate, era recibido por su
Reina bien arreglada y vestida con una bata blanca, porque a decir de
Martí:
"...sin sonrisa de mujer
no hay gloria completa de hombre".
El Idilio fue levantado en
medio de una fascinante huerta de árboles frutales, y según cuentan los
robustos troncos vivos se habían aprovechado para su construcción.
Amalia se enfrentó a todas las vicisitudes de la guerra.
El trovador y poeta cubano
Silvio Rodríguez compuso en honor al guerrero una hermosa canción, muy
conocida en la Isla caribeña: "El Mayor". En una de sus estrofas narra
la separación de Ignacio de su amada:
Mortales
ingredientes
armaron al Mayor;
destreza de la esgrima,
suceso como presa,
Amalia abandonada
por la bala,
la vergüenza, el amor,
o con un fusilamiento,
un viejo cuento,
moderaron su adiós.
Detención de Amalia
El 26 de mayo de 1870,
Amalia e Ignacio se despertaron alegres inmersos en los preparativos del
primer aniversario de su mambisito. A las 8 de la mañana llegó un
muchacho al rancho avisando que una columna enemiga venía hacia el
Idilio. Ignacio no le dio crédito a la información, porque su Estado
Mayor y sus ayudantes, que estaban a un cuarto de leguas del sitio, no
habían dado la alarma. Cuenta Amalia que el muchacho regresó nuevamente
diciendo:
"La tropa española está ya
cerca de El Idilio, Ignacio que tenía en sus brazos al niño y se reía
oyéndole pronunciar tan malamente las pocas palabras que sabía, se puso
serio, y abrazando a su hijo y a mí, dijo con voz grave: 'Esto parece
una traición. No te aflijas; la esposa de un soldado debe ser
valiente...' y besándonos por última vez, dijo: 'Volveré pronto...'
Llamó a papá y le dijo: 'Intérnese en el monte; que se preparen pronto
con lo indispensable de ropa, y salgan de aquí en seguida... voy a ver
qué es lo que pasa; de todos modos, estaré de vuelta en dos o tres
horas; y montó a caballo, acompañado de su asistente, para reunirse con
sus ayudantes..."
Afirma Aurelia Castilo que
al arreglarse un poco, antes de la llegada de la tropa, Amalia había
ocultado debajo de sus vestidos, amplios como la moda los imponía
entonces, una bandera cubana, especialmente querida de Agramonte, por
haberla sacado triunfante de mil encuentros.
No tuvieron tiempo las
mujeres de internarse en el monte. Las tropas españolas estaban allí. A
a las preguntas del capitán Arenas, la madre de Ignacio, la más serena,
temblaba de temor.
— ¿Y quienes son estas jóvenes? —
preguntó el oficial.
—
Esta es la esposa de de Eduardo Agramonte y esta la de Ignacio Agramonte,
respondió la madre de El Mayor. Entonces Amalia perdió el conocimiento.
El capitán, al escuchar el
nombre de Ignacio, dejó caer su sombrero en honor al esposo de Amalia.
— Señora, tranquilícese usted y no tema
nada. Su marido me tuvo prisionero tres meses y me salvó la vida. Desde
este momento está usted bajo mi salvaguardia, y es una gran dicha para
mí poder manifestar de este modo mi eterno agradecimiento. Pero ustedes
tienen que venir con nosotros. Tenemos órdenes severas de recoger las
familias. No tema nada.
El capitán se dirigió a
sus soldados:
— ¡Cuidado con faltar en lo más mínimo a
estas señoras!
En el atardecer Ignacio
regresa a El Idilio y se encuentra con Simoni. El doctor estaba de pie
sobre los escombros humeantes. Los dos hombres se abrazaron y lloraron
largamente. Ignacio tenía fiebre alta.
El Mambisito
En la finca llamada "San
Juan de Dios", la columna española, y sus prisioneras, se encontraron
con fuerzas al mando del General Ramón Fajardo. Éste dio todas las
atenciones a Amalia.
Era la primera noche de la
dantesca marcha. Amalia es conminada por Fajardo a escribirle a Ignacio
una carta en la que lo instará a que se rindiera, pero la respuesta fue
firme:
— ¡General, primero me cortará usted la
mano, antes que yo escriba a mi esposo que sea traidor!
—
¿Traidor?
—
Sí, traidor a su patria.
En esa finca quedó
guardada la bandera cubana que Amalia llevaba escondida entre sus
vestidos; pero como se le dio candela al rancho, la bandera quedó
destruida.
Escribió Aurelia que la
columna española había recogido muchas familias en aquellos contornos,
llegando las personas a unas cientos, y llevadas en carretas tiradas por
bueyes, fue una verdadera calle de Amargura para ellas la distancia
comprendida entre "La Angostura" y la ciudad de Puerto Príncipe.
Los huesos de los muertos
eran triturados por las ruedas; la sangre manchaba aquellas tierras,
verdes antes de ricos cultivos, áridos entonces o empantanadas; los
estragos del incendio se veían por todas partes; las haciendas,
huérfanas de habitantes, de ganados, de aves de corral, eran verdaderos
páramos. Las prisioneras no quisieron comer en los seis días que duró
aquella peregrinación más que algunas frutas, negándose hasta tomar el
agua que en sus sombreros les ofrecían los soldados, compadecidos de su
abstinencia. Para los niños cogían el agua más limpia que podían
conseguir y le ponían azúcar de un saquito que llevaba una señora: la de
Enrique L. de Mola. Una criatura nació en aquel vía crucis, y asistida
la madre — Ángela Castillo de Betancourt — por un médico militar, que de
tales cosas no sabía una palabra, sucumbió pocos días después de su
llegada a Puerto Príncipe. El niño también falleció posteriormente.
Allí, en el Estado Mayor,
encontró Amalia a un cubano que había sido amigo suyo, y que a un
movimiento de sorpresa en ella, acaso de disgusto, le dijo:
— Usted se avergüenza de verme aquí.
— Si — contestó Amalia —
me avergüenzo y me da lástima de usted.
— Bueno, yo también me
avergüenzo; pero no hablemos ahora de eso. Lo que deseo es que usted
sepa que está bajo la custodia de dos caballeros: el Comandante
Gutiérrez y yo. El capitán Arenas la ha dejado a usted muy recomendada.
El 30 de mayo entró a
Puerto Príncipe el grupo de prisioneras. La turba de soldados y de
voluntarios furiosos gritaban al ver al hijo de Agramonte:
— ¡Es un varón! ¡Matarle! ¡matarle!
¡matar al mambí!
El niño, espantado, se
agarraba fuertemente al cuello de la madre. Los oficiales casi no podían
contener a aquellas bestias. Amalia, subió corriendo las escaleras de la
casa de Gobierno, hasta que el Brigadier Sabás Marín, le quitó el niño y
lo subió él.
El exilio
Tiempo después es obligada
a marchar al exilio. Viaja a la ciudad de Nueva York, con su hijo
Ernesto Ignacio de brazos, y en su vientre, a Herminia, quien nace en un
país extraño.
Supo él a través de expedicionario que llegaron de Estados Unidos del
nacimiento de la niña, pero no recibió la carta que su esposa le envió
con la grata noticia. La misiva que con tanta ansiedad sería esperada se
devolvió cerrada a las manos de ella.
Con sus joyas pagó los
primeros días de estancia en Estados Unidos. En su casa se reunía con
los cubanos que luchaban por la independencia de Cuba, entre otros José
Martí.
Veía muy lejos la
posibilidad de acariciar el rostro de su amado y temía por su vida. El
30
de abril de 1873 le escribe desde Mérida. Transcribo algunos fragmentos
de la única carta que se conoce de Amalia:
"¡Ah! tú no piensas
mucho en tu Amalia, ni en nuestros dos ángeles queridos, cuando tan poco
cuidas de una vida que me es necesaria, y que debes también tratar de
conserva para las dos inocentes criaturas que aún no conoce a su padre.
"Yo te ruego, Ignacio
idolatrado, por ellos, por tu madre; y también por tu angustiada
Amalia, que no te batas con esa desesperación que me hace creer que ya
no te interesa la vida. ¿No me amas?
"Además, por interés de Cuba debes
ser más prudente, exponer menos un brazo y una inteligencia de que
necesita tanto. Por Cuba, Ignacio mío,
por ella también te ruego que te cuides más (...Estoy más tranquila
porque me parece ver tu semblanza adorado, y adivinar en él que me
ofreces cumplir lo que tan encarnecidamente te ruego. ¡Ay, si pudiera
hablarte siquiera una hora! Constantemente te escribo, porque sé el
consuelo que será para ti saber de nosotros. Yo creía que al menos
habrías recibido la que hace un año te envié con Lorenzo Castillo junto
con los retratos de los niños y que él me juró entregarte (...)
"Cuídate más, amor
mío, cuídate; yo quiero verte aún en esta vida y mi deseo más ardiente
es que mis inocentes hijos conozcan a su padre. Mi pobre niña jamás ha
sentido tus labios tocar su semblante angelical! ¡Qué júbilo para mí,
Ignacio mío, el día que vuelvas a mi lado, y puedas abrazar a los dos
ángeles!
"Dios querrá que ese día
no esté muy lejos.
"Papá va a escribirte,
él te contará algo de los negocios de Cuba.
Se preparan grandes expediciones. ¡Ay! como te sigue
la imaginación allá en los campos de la pobre Cuba. No olvides mis
ruegos, Ignacio de mi vida. en complacer a tu esposa que te adora y
delira incesantemente por ti. Adiós, mi bien más querido, quiera Dios
que pronto vuelva a verte tu
Amalia.
"Escríbeme siempre. Tuya eternamente
Amalia"
Ignacio no llegó a recibir
esta carta.
La muerte del héroe
El 11 de mayo de 1873, el
Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz cae en combate en los potreros
de Jimaguayú, después de participar en más de 100 combates. No había
cumplido los 32 años de edad.
La
escritora y amiga de El Mayor, Aurelia Castillo de González, en su libro
Ignacio Agramonte en la vida privada señala: "... fue aquel un día
espantoso en Puerto Príncipe. Jamás podremos olvidarlo los que lo
presenciamos. Cuando los españoles descubrieron, gracias a una cartera y
a un retrato de la amada esposa, que uno de los muertos en la que habían
tenido por la insignificante refriega, era Agramonte, la noticia voló
como en alas de electricidad a la capital de la provincia, y los
voluntarios, ebrios de gozo —¡bien sabían el valor de la vida que se
había tronchado! — se apoderaron del cadáver y, atravesándolo sobre una
bestia, la hermosa cabeza ras de tierra, lo pasearon triunfantes por las
principales calles de la ciudad, entre tumultuosas vociferaciones,
cínicas carcajadas y atroces insultos. Al paso de la horripilante
procesión, cerrábanse las puertas con rudos golpes".
La noticia le llegó a
Amalia en el lejano Nueva York.
"¿Cómo decírselo a
Ernesto? ¿Cómo hablarle a Herminia de un padre al que nunca conoció?
¿Cómo vivir?"
La esposa de El Mayor
regresó a la patria antes del inicio de la Guerra del 95, organizada por
José Martí. La quinta Simoni, en la otrora ciudad de Puerto Príncipe,
había sido destruida por las fuerzas colonialistas españolas. Ella
prosiguió los ideales de Agramonte y su casa se convirtió en foco de
insurrectos. De Amalia, el Héroe Nacional de Cuba José Martí escribió:
"Por la dignidad de su
vida, por su modestia y gran cultura; por el cariño ternísimo y
conmovedor que acompaña y guía en el mundo a sus dos hijos, los hijos
del héroe, ¡respeta PATRIA y admira, a la señora Amalia Simoni!".
Una vez más es deportada y
solo pudo regresar a su país luego de constituida la República.
Francisca Margarita Amalia
Simoni Argilagos, jamás buscó un amor que pudiera sustituir el que
sentía por Ignacio. Cuenta la historia que una multitud emocionada
acudiría el 24 de febrero de 1912 a la ceremonia de develamiento de la
estatua ecuestre de Ignacio Agramonte y Loynaz.
Envuelto el monumento en
una enorme bandera cubana, una anciana venerable tira del cordón que
anuda el pabellón de la estrella solitaria. Fulgura al sol el bronce, y
la dama, conmovida, se desmaya, la avalancha del dolor contenido se le
viniera encima. Era Amalia Simoni Argilagos, la viuda de El Mayor. Más
allá del tiempo, de la muerte, estaba ahí Ignacio. ¿Para ella? Para
todos. Para siempre.
"Adiós, Amalia mía; aun
después de la muerte te amará tú Ignacio".
La
estatua ecuestre a El Mayor, fundida en bronce, como su base de granito,
fueron elaboradas en Roma, Italia, por el escultor Salvatore Buemi. Se
cumplía así el sueño de su amiga de juventud, Aurelia Castillo de
González:
"¡... él siempre debe
estar altísimo ante nuestra vista interior, como símbolo y eterno
ejemplo de pureza moral, de cívica grandeza!".
Enferma, en 1918, Amalia
Simoni Argilagos, viaja a La Habana y la noche del 23 de enero de ese
año le pide a su hija:
—
Herminia, tócame el Movimiento Perpetuo de Chopin ¿quieres? Quizás sea
lo último que te pida, hija mía...
La muchacha observa a su
madre. De sus ojos surgen unas lágrimas involuntarias. Se sienta frente
al piano y toca las melodías de la juventud de Amalia, de la época en
que era una de las jóvenes más hermosas del otrora Puerto Príncipe y que
deleitaba a todos con su encanto.
Debajo de la almohada, al
morir aquel patético día, guardaba las cartas de su amado Ignacio:
"El bien que me hacen tus cartas es inexplicable,
Amalia mía; yo no puedo expresarte lo que siento cuando en ellas leo que
nadie me idolatra como tú, que a nadie le hace tanta falta mi cariño
como a ti; una propuesta tuya de amor, Amalia, siempre produce el mismo
efecto que la primera vez que pude comprender que me amabas: nunca
encuentro habituadas a ellas las fibras del corazón, siempre la acojo y
me colma de gozo como si ignorara que me amases. Sí, bella mía, quisiera
oírte decir incesantemente que me quieres como no es posible querer a
nadie más, y que te es necesario mi cariño; mi cariño me excede a todos;
cuya inmensidad no es posible exagerar y que desafía por su duración a
la misma muerte, como por su constancia a las mayores contrariedades".
"Por las tardes
caminas por la casa como quien se impacienta de ver que no llega alguno
que espera; y yo, Amalia mía, cuando oigo las seis, hora en que
acostumbro ir a verte, siento todo lo triste que es estar lejos de ti; entonces me presenta
la imagen agolpadamente, nuestros paseos en el portal, el jardín, las flores, la
fuente, el letrero del álamo, la glorieta, las palmas; todo se
presenta en confusión con los atractivos y encantos que se vieron y
experimentaron en
unos días deliciosos; me parece verte recorriendo lentamente las
calles del jardín pensando en mi, y deteniéndote a veces ante alguna planta al
recordar que de ella tomaste una hoja para mi o yo una flor para ti".(24
de julio de 1867)
"A Ernesto y Herminia
háblales con frecuencia de su papá, educa y forma sus corazones tiernos
a semejanza del tuyo; que cuando encuentre en ellos tu retrato y tu
alma, mi cariño y mi satisfacción no tendrán límites. Dale un millón de
besos.
"¡Quién viera a nuestros ángeles!
"Y tú, adorada mía, no dudes jamás que yo vivo
pensando en ti; que mi más ardiente deseo se cifra en que volvamos a
reunirnos para no separarnos nunca más, que no conozca otra ventura ni
otro bien que tu amor; que solo por él me es grata la vida y que es
inmutable, la pasión, el delirio con que te idolatra tu Ignacio".
Notas de referencia
Amalia
Simoni nació el 10 de junio de 1842, hija de Ramón Simoni y
Manuela Argilagos.
Ignacio Agramonte nació el 23 de diciembre de 1841, en el seno
de una familia de rancia cepa criolla de Puerto Príncipe, de la
burguesía terrateniente. Sus padres Ignacio Agramonte y Sánchez
Pereira, y Filomena Loynaz y Caballero, pertenecían por su
origen al patriciado camagüeyano. Tuvo 4 hermanos: Eduardo,
Mariano, Francisca y Loreto. Todos camagüeyanos.
Ignacio
Agramonte se incorpora a la guerra el 11 de noviembre de 1868,
en el ingenio El Oriente, en el actual municipio camagüeyano de
Sibanicú.
José Martí: Obras
Completas. Tomo 4. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana,
1991, p., 36.
Nunca se ha sabido el sitio exacto donde Ignacio Agramonte
construyó con troncos vivos, en medio de un huerto de árboles
frutales, el bohío El Idilio. Vecinos de la comunidad de Sierra
de Cubitas afirman haber encontrado fragmentos de lozas, armas y
otros artículos, entre ellos cubiertos de mesa de fina factura,
próximo al río Jigüey, en medio del bosque de la Sierra de
Cubitas.
Ignacio no llegó a conocer a la niña.
Bibliografía
José Martí: Obras Completas. Tomo
4. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991.
Cruz, Mary: El Mayor. Instituto Cubano del
Libro. La Habana, Octubre de 1972.
Castillo de González: Ignacio Agramonte en la
vida privada. Editora Política, La Habana, 1990.
Depestre Catony, Leonardo: Cuba en Citas
1868—1898. Editorial Gente Nueva. La Habana, 1987.
Programa especial radial por el 162
aniversario del natalicio de Amalia Simoni, Fabelo Pinares,
Miozoti. Junio 2004.
Fotografías: Autor
y Redacción Digital de Radio Cadena Agramonte, Camagüey.
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